Con los años uno se vuelve un lector más cauteloso, menos dispuesto a asumir riesgos innecesarios. Señal de vejez, dirán algunos, pero yo creo que la explicación va por otro lado, al menos en mi caso. Ocurre simplemente que a partir de cierta edad —¿hacia los cincuenta?— nos damos cuenta de que nunca vamos a poder leer todos los libros que nos interesan. Cada vez aparecen más títulos y cada vez acumulamos más volúmenes en nuestras bibliotecas, incapaces de mantener un ritmo parejo entre nuestras adquisiciones y nuestras lecturas. Entonces, al comprobar que los años por vivir se reducen inexorablemente cada Nochevieja, tendemos a volvernos más selectivos y ya no nos dejamos guiar tanto por el azar o la intuición a la hora de elegir un libro. Después de todo, con el tiempo que se restringe, uno debe establecer sus prioridades. Por tanto, en lugar de perseguir el libro que han puesto de moda los suplementos literarios (y del que nadie se acordará la próxima temporada), nos sentimos más inclinados a recuperar aquella novela de Faulkner cuya lectura siempre estuvimos postergando o decidimos, por fin, abrir el primer tomo de la edición completa de las Memorias de ultratumba.
Así, pues, no me acucia ninguna necesidad de estar al día y las «novedades» que busco son, en su mayor parte, reediciones de obras descatalogadas o versiones en español de libros que no habían sido traducidos. Me gusta pensar que, a la manera de un aficionado a los vinos, tengo una buena cava donde atesoro vinos añejos y exquisitos, los cuales descorcho de acuerdo con la ocasión. De ahí que, de vez en cuando y con enorme placer, tome un libro de Stevenson o Conrad que aún no he leído, o uno más raro de Defoe, o uno de Turguéniev, o uno de Maupassant. En cuanto a cosechas menos antiguas, me aguardan títulos de Joseph Roth, Cather, Blanchot, Tanizaki, Gracq, entre tantos otros.
Naturalmente, también hay que contar las relecturas. Hace poco me atreví a releer, después de treinta y cinco años, Sobre héroes y tumbas, la novela de Ernesto Sabato, cuyo centenario se celebra este año. Digo que temía porque no es raro que las novelas que te deslumbraron en tu juventud ya no te causen un efecto similar en la madurez. Y no es que el libro haya cambiado, sino que uno ya no es el mismo. Los lectores evolucionan según los vaivenes de su existencia: pierden inocencia, se vuelven avezados y ya no son tan fácilmente impresionables. En lo que respecta a Sabato, debo reconocer que la experiencia ha sido muy gratificante. Su novela me ha gustado tanto o más que la primera vez. Desde luego, pude captar detalles que antes me habían pasado desapercibidos y alusiones culturales que no manejaba a los veinte años. Pero lo más importante es que me ha emocionado bastante. Me sumergí en la historia como un poseído, durante tres días en los que no hice casi nada más que leer, con una avidez que me recordó mi época de lector adolescente, cuando devoraba las novelas de Tolstói y Dostoievski durante las largas vacaciones estivales.
Sobre héroes y tumbas es una novela estremecedora, capaz de mostrarnos el abismo y de sacudir nuestras conciencias. Y, por cierto, es una novela total, para hablar con el lenguaje de Vargas Llosa. Allí, en sus páginas febriles, están la realidad y el sueño, el pasado histórico y la alucinación, las pasiones más desbordantes y las pulsiones más oscuras. Además, cuenta con uno de los personajes femeninos más cautivantes de la literatura latinoamericana: Alejandra Vidal. A mi juicio, Sobre héroes y tumbas es una de las ocho o diez mejores novelas que ha dado nuestro continente. No obstante, me da la impresión de que los jóvenes ya no la leen con el fervor de antes (¡solo conocen la tradición a partir de Bolaño!). Desde luego, entiendo que la problemática del siglo XXI es otra, pero las grandes preguntas celestes permanecen (por ejemplo, el mes pasado leí Bajo el sol de Satanás, de Georges Bernanos, y, a pesar de mis prejuicios frente a su temática religiosa, caí subyugado por el intenso conflicto que abruma a su protagonista). A fin de cuentas, quizá Sabato ha tenido la mala suerte de vivir demasiado.
Debo confesar que a menudo incurro en la mala costumbre de leer varios libros a la vez. Aparentemente, la idea no es mala: si un libro resulta denso, uno siempre puede refrescarse con otro, mejor aún si es de un género distinto. Sin embargo, con frecuencia una obra te atrae más que las otras y se hace imposible mantener el equilibrio entre las lecturas. En algunas ocasiones he llegado a leer simultáneamente unos diez libros. Es una cosa de locos. De cualquier modo, siempre acabo terminándolos todos.
Mis criterios son amplios: paso sin problemas de los clásicos grecolatinos al Quijote de Avellaneda y de Thomas de Quincey a Cabrera Infante (leí hace unos meses su novela póstuma Cuerpos divinos y puedo asegurarles que está a la altura de lo mejor de su obra) y Denis Johnson (Árbol de humo es una estupenda novela sobre la guerra de Vietnam, un equivalente literario de Apocalypse Now).
Ahora me acerco a mi mesa de noche y observo el siguiente panorama: un volumen de poemas de Malcolm Lowry, lo único que me faltaba leer de él; La literatura como bluff, un provocador ensayo de Julián Gracq, escrito en el año 1949 pero de plena vigencia (denuncia aquella cultura del espectáculo contra la que arremete Vargas Llosa en su próxima entrega); Demasiada felicidad, el último libro de esa maestra del cuento largo que es Alice Munro; Éramos unos niños, de Patti Smith, quien teje un retrato de época conmovedor, entrañable, con destellos de poesía; Petersburgo, la notable novela de Andréi Biely, muy celebrada por Nabokov; Cartas a los Jonquiéres, recopilación póstuma de mi querido Cortázar; Retrato de Shunkin, una novela corta de Jun'ichirō Tanizaki digna de un orfebre; el Cuaderno de notas, de Anton Chéjov, que permite entrever la «cocina» literaria del escritor; Sacred Clowns, novela de Tony Hillerman, uno de mis autores policiales favoritos, cuyas originales y vibrantes tramas acontecen en el territorio navajo de Estados Unidos. Y, finalmente, aunque no soy lector asiduo de revistas, me he procurado el último número del Magazine Littéraire porque está dedicado al cincuentenario del doctor Destouches, más conocido como el réprobo Céline.
Última anotación: antes de cerrar estas confesiones quiero decir que el año pasado descubrí una obra maestra. El mérito no es mío sino de Alfredo Bryce Echenique, que la incluyó en una lista de las mejores novelas que ha leído jamás, y quien, ante mi escepticismo, insistió en obsequiarme un ejemplar. Cuando apareció en español en 1993 muy pocos se percataron de su importancia (algo similar ocurrió con Vida y destino, de Vasili Grossman). Se titula La isla del segundo rostro y su autor es un alemán, Albert Vigoleis Thelen (1903-1989). Se trata de una novela autobiográfica, de corte picaresco, impregnada de una vitalidad y un humor irresistibles. Publicada en 1953, se ambienta en la isla de Mallorca, donde Thelen vivió en los años treinta hasta el estallido de la Guerra Civil Española. Que nadie se asuste por su extensión (casi mil páginas), pues se lee con mucha facilidad. Es una novela formidable sobre las andanzas de un extranjero en España que Anagrama ha tenido el acierto de reeditar en 2006 y que puede convertirse en una obra de culto.
Guillermo Niño de Guzmán (Lima, 1955) es escritor y periodista. Considerado como un maestro de la narrativa breve en su país, su primera colección de cuentos, Caballos de medianoche, mereció encendidos elogios por parte de autores como Mario Vargas Llosa. Una mujer no hace un verano, Algo que nunca serás, Relámpagos sobre el agua y La búsqueda del placer son otros títulos destacados en su obra. Como periodista, fue corresponsal en la guerra de Bosnia, entre otras misiones similares. Tras una larga temporada en Europa, ha vuelto a vivir en Lima.