Pocas disciplinas han influido tanto en la narrativa contemporánea como el cine. La multiplicación de los puntos de vista, los diálogos más rápidos y cortantes, las descripciones menos adjetivadas o el uso de flashbacks y flashforwards en el montaje del relato (términos, por lo demás, importados directamente del lenguaje cinematográfico) son la prueba de que la mayoría de cuentistas y novelistas nacidos después de los cincuenta ha visto tantas o más películas que leído libros. Con ellos, los autores que más abiertamente reconocen la influencia del cine en sus obras, viene Eñe. Como para apagar las luces y sentarnos a imaginar; al fin y al cabo, imaginar viene de imagen.