PARECE QUE COHETES ILUMINEN EL CIELO. NO
hay palabras. Debe haber un ruido espantoso
pero no lo sé, no oigo nada. Llamo a un experto
porque ya basta de libros, de cuerpos, puede
que él sea capaz de encontrar el punto dónde todo
vuelva a empezar. No necesita mucho tiempo. Extiende
la capa negra y ordena que me entregue desnudo a sus
dedos. Se coloca los guantes negros y me toca.
De vez en cuando me pregunta qué siento,
si me duele. Un centímetro tras otro, me
chupa, se echa sobre mi, me aplasta
y me mordisquea las orejas. Estoy esperando que
encuentre el punto dónde se abre el universo y me
quedo sin respiración como cuando,
echado a tu lado, con la mano
en tu pecho, tiemblo. Puedo utilizar también
la aguja, me propone. Te perforo
la piel del pecho, de los brazos, te perforo el miembro,
Hay a quienes les gusta mucho. ¿Qué quiere que le diga?
Que utilice todo su saber, toda
su destreza para devolverme aquella
sensación, por un sólo segundo, que se ha desvanecido.
[...]