Me he puesto a leer un libro de Paul Auster en el que habla de su padre. Su padre tal, su padre cual, y esto y lo otro de su padre, y su padre y su padre, y ahora esto otro de su padre. Y no estaría nada mal que, ya que éste habla tanto de su padre, yo escribiera otro poco sobre mi madre. También me parece bien lo de ir escribiendo a medida que voy leyendo. Estoy en la página 52. Pero lo que me ha gustado es: ya de meterme en tal excursión, salir en compañía. Ir por lo menos al principio, de la mano de Paul que, a la sazón (no sé lo que quiere decir a la sazón, pero me gusta mucho), me lo imagino esbelto, pálido y con gafas, aunque dice ya desde el principio que está casado y tiene una niña: el que avisa no es traidor. Sólo falta que nada más empezar me equivoque sobre la persona de la que quería hablar, y me ponga a hablar de otra. Si tuviera 55 vidas, al menos tres me las pasaría escribiendo, pero disponiendo sólo de una, como ya sabemos, no sé si me va a dar lugar, proporcionalmente hablando, a terminar este primer texto. Ya veremos. Me ha animado mucho el hecho de que Paul dice que no ha podido escribir más de una o dos páginas al día. Me parece tan poquísimo que igual lo logro.
Para empezar es muy acogedor (¡) este tuteo “de escritores” que me traigo con él. La tribu de los que hablan de sus padres. La tribu de los que escriben una o dos páginas al día. Me conviene. Ya he terminado la primera página de papel: esta frase inicia la segunda hoja. Hablar sobre la escritura también me conviene.
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