Todo se alarga sin fin, como el texto que damos a las palabras, aquel texto constante del que las palabras se alimentan, un texto acaudalado, erosivo, que habrá de roernos la voz un día.
Cada palabra queda al alcance de la palabra: una especie de palabra enorme a cuyo final no se ha podido llegar aún, larga y exhalante, como un escrito que viene de tan atrás que no acaba nunca de llegar, que no hace más que venir, que siempre está viniendo. Una línea sucesiva de texto que quisiéramos llevar hasta la última palabra, para que, a partir de un punto, callase.
Después de las palabras. Después de todas las palabras. Tal vez después.