Se frotó los ojos después de recostarse sobre la cama, prendió el televisor y le dio un sorbo al whisky que acababa de servirse. Revisó todos los canales y decidió ver el noticiero de las diez.
De pronto la puerta de su habitación se abrió, Joaquín entró dando de alaridos, tenía un muñeco del Hombre Araña en la mano, saltó sobre la cama y, entre carcajadas disforzadas, le tiró el muñeco a su madre. Ella trató de esquivarlo, derramó un poco del whisky sobre la colcha y sorteó al Hombre Araña antes de que se le estrellara en la frente. Joaquín empezó a dar de brincos en la cama como si fuera elástica, divisó el control remoto y trató de cambiar el canal.
–Quiero ver dibujitos, quiero ver dibujitos –insistió.
–A la cama, Joaquín –le interrumpió su mamá. Le quitó el control remoto y con gran esfuerzo cargó al niño para devolverlo a su habitación.
Después de arroparlo y cerciorarse de que dormía, regresó a su cuarto, terminó el whisky, pensó en llamar a su madre, pero desistió. Necesitaba distraerse, su madre era la portavoz de los asuntos familiares, le contaba los chismes banales que la alejaban de su vida cotidiana, pero desde hacía unos meses, sus conversaciones giraban en torno a ella. No necesitaba reproches ni consejos, sabía que su madre iba a aprovechar cualquier rendija en la conversación para empezar a recriminarla. Había sido un día muy largo, estaba agotada, no necesitaba saber que su vida era un desastre. Un cosquilleo ligero corrió por sus venas, era el alcohol que comenzaba a hacer efecto. Decidió servirse otro y tomar un baño.