Era temprano por la mañana, los arbustos se desperezaban y salían poco a poco de las sombras. El tren iba hacia el Sur.
La luz ascendía por el cielo y los brillos iban ocupando sus posiciones en las copas de los árboles.
Una inglesa con su hija se había sentado frente a mí.
La hija no paraba de escribir postales.
La madre parecía estar dormitando detrás de unas grandes gafas de sol.
Tenía la boca cuidadosamente pintada, el borde estaba remarcado con un lápiz de dibujar el contorno. Era como una fortaleza rodeada de territorio hostil.
Dejaba adivinar un carácter emprendedor, caprichoso a la vez que apasionado, se parecía a ciertas bocas de capitanes o almirantes que se pueden ver en los cuadros de Gainsborough.
Afuera pasaban colinas amarillas.
No sería fácil hincarle el diente a este paisaje, pensó ella.
Sobre los taludes a ambos lados del tren se deslizaban zarzas polvorientas, dehesas, encinas, campos de trigo. Había también mechones de un verde muy pálido que parecían estar sujetos a la tierra con ventosas, era una clase de cardo que a veces crecía en forma de esfera, a veces formaba pequeños conos.
“Aún faltan tres estaciones, señorita, conozco este trayecto de memoria, trabajé aquí en el ferrocarril.”