La biblioteca personal de cualquier lector describe su memoria, el itinerario cultural y sentimental de quien adquirió y leyó los libros que ahora reposan en las estanterías, aunque en mi caso he de informar que durante mucho tiempo tuve a gala recomendar y prestar, es decir, regalar, libros ya leídos, los que me habían producido un singular placer y, claro, sólo parte de ellos ha vuelto a su redil.
Por otro lado, con el paso del tiempo, la compra compulsiva de libros –enfermedad que he renunciado a combatir– ya ha hecho imposible su acomodo en las paredes de un domicilio convencional como es el mío. De momento, voy resolviendo esta invasión trasladando una parte creciente de tan agradable, pero masiva, compañía a una casa que tengo en un pueblo castellano-manchego cercano a Madrid. Lo cual no deja de ser un incordio a la hora de consultar o, simplemente, releer, pero no se me ocurre mejor solución.
Jamás he pensado perder el tiempo contando los libros que hay en ambos continentes personales, pero son varios miles, cuyo valor comercial no será mucho, pero el sentimental, sobrado. A este respecto –y cualquiera que tenga en su casa un número notable de libros podría contar algo parecido–, la visita a mi casa de personas ingenuas o poco familiarizadas con la lectura suscita, muchas veces, la misma pregunta: “¿Te has leído todos esos libros?”. Yo suelo responder, medio en broma: “No, pero los he tocado todos”. Como a tantos lectores, a mí también me gusta acostarme con ellos, leerlos tumbado y manosearlos. Por eso pienso, contradiciendo a los agoreros que anuncian el fin, el ocaso de ese objeto maravilloso llamado libro, que mientras las nuevas y acuciantes tecnologías no sean capaces de suministrar un producto que contenga letras y se preste a ser doblado y maltratado sin desencuadernarse, que se deje acariciar físicamente, que cuando, ya leído, esté sobre una estantería podamos acudir a él..., mientras esto no ocurra, el libro existirá, y si sus páginas están cosidas y no pegadas, mucho mejor.
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