Un día, al amanecer, el Doctor Aira se encontró caminando por una calle arbolada de un barrio de Buenos Aires. Sufría de una especie de sonambulismo y no se le hacía demasiado raro recuperar la conciencia de sí mismo en callecitas extrañas que en realidad conocía bien, porque todas eran iguales. Su vida era la de un caminador a medias distraído, a medias atento (a medias ausente, a medias presente), que en esas alternancias iba creando su continuidad, es decir su estilo, o en otra palabra, y cerrando el círculo, su vida; y así sería hasta que su vida llegara al final, cuando se muriera. Como ya bordeaba los cincuenta años, ese término, cercano o lejano, podía suceder en cualquier momento.
Un hermoso cedro del Líbano, en la vereda de un chalecito pretencioso, alzaba su redonda copa orgullosa en el aire gris rosado. Se detuvo a contemplarlo, transido de admiración y cariño. Le dirigió in pectore un pequeño discurso, en el que se mezclaban el elogio, la devoción (el pedido de protección) y, curiosamente, algunos rasgos descriptivos; porque había notado que la devoción con el tiempo tendía a hacerse un poco abstracta y automática. En este caso notó que la copa del árbol estaba pelada y poblada a la vez; se veía el cielo a través de ella, pero tenía hojas. Poniéndose en puntas de pie para acercar la cara a las ramas bajas (era muy miope) vio que las hojas, que eran como plumitas de un verde oliváceo, estaban a medias enroscadas sobre sí mismas; quizás las perdería más adelante; estaban a fines del otoño, y los árboles resistían penosamente.
“Yo no creo, sinceramente, que la humanidad pueda seguir mucho tiempo más por este camino. Nuestra especie ha llegado a un punto tal de predominio en el planeta que ya no debe enfrentar ninguna amenaza seria, y es como si no nos quedara más que seguir viviendo, disfrutando de lo que podamos, sin ninguna apuesta vital en juego. Y seguimos avanzando en esa dirección, asegurando lo ya seguro. En todo avance, o retroceso, por gradual que sea, se atraviesan umbrales irreversibles, y quién sabe cuáles hemos cruzado ya, o estamos cruzando en este preciso momento. Umbrales que podrían hacer reaccionar a la Naturaleza, entendiendo por Naturaleza el mecanismo regulador general de la vida. Quizás esta frivolidad a la que hemos llegado la irrite, quizás ella no puede permitirse que una especie, ni siquiera la nuestra, se libere de sus necesidades básicas de especie… Estoy personalizando abusivamente, por supuesto, hipostasiando y externalizando fuerzas que están en nosotros mismos, pero yo me entiendo de todos modos.”
[...]