La primera vez ocurrió por casualidad. Poch vio el lacón, la taberna estaba hasta arriba de chavales bebiendo cañas antes de entrar en el concierto de —pongamos por caso— los Theatre of Hate, y tomó su determinación: lo agarró, se lo metió debajo de la gabardina y se fue.
Salir del bar y meterse en el Rockola, la mítica sala de conciertos de los míticos ochenta madrileños, fue fácil: apenas treinta pasos separaban al uno de la otra.
Un lacón entero en el Rockola. Los amigos y conocidos de Poch iban a saludarle, él abría su gabardina y les decía que se sirvieran. Los dedos de mods, modernos, postpunks, punkabillies y peluconas entraban en la carne rosa; al estilo de los cirujano-curanderos filipinos, arrancaban su pedazo, y agradecían a Poch la invitación sin dejar de sostener con la otra mano el combinado —más de veintitrés sustancias de las cuales ninguna se llamaba alcohol etílico, con Coca-Cola o tónica— pedido en barra.
Dicen las malas lenguas que, cuando ya quedaba poco del botín, o sea se veía más hueso que otra cosa, los hermanos Santiago y Luis Auserón seguían allí, dando tajos con sus navajas automáticas. No eran ellos muy de Theatre of Hate, aunque pudiera parecer lo contrario.
Cuatro horas después, en otro bar, el Iris, Poch arrastraba el arrasado hueso del lacón. Tres amigos y dos chicas que conocieron esa noche completaban
el grupo.
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