El diálogo titulado
El epicúreo pone en escena a Hedón y Espudeo. La etimología da testimonio: el primero busca el placer, el segundo define al hombre serio. Uno reivindica su epicureísmo; el otro parece más bien estoico, de donde la confirmación del ejercicio de estilo que proponen clásicamente el Pórtico y el Jardín. Como discípulo perfecto de Epicuro, Hedón afirma que identifica el placer y el soberano bien. A sus ojos, la vida feliz es la que comporta el mínimo de tristeza y el máximo de voluptuosidad. Por el momento, nada demasiado heterodoxo. Cuando Hedón rompe con la idea habitual relativa al epicureísmo –y lo hace mejor, más clara y netamente que Lorenzo Valla–, es cuando afirma que los mejores epicúreos son los cristianos que llevan una vida santa, y a la inversa. La vida en el Jardín de Atenas supone la santidad que el cristianismo auténtico formula a su manera. ¿En qué consiste la mayor miseria? En la mala conciencia. ¿El colmo de la felicidad? En una conciencia tranquila. ¿La falta? En lo que destruye la amistad entre Dios y el hombre, de la que uno se redime por la penitencia y la caridad. He aquí la forma de reformular la ataraxia a la manera cristiana: la tranquilidad del alma del individuo que no tiene nada que reprocharse, esa es la suprema voluptuosidad.
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