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Número 10. Verano 2007
¿Dónde? ¿Quién?
Javier Salinas

Alarga sus manos hacia su dibujo de sí y solo toca su ausencia, su luz que una vez fue, escribe. Trata de encontrarse en la tierra, recorre sus túneles de venas, sus arterias, sus vasos sanguíneos, sus piedras, mas no hay nada allí. No estoy allí, dice.

(Creo que está en el suelo del cuarto de baño, detrás de la puerta.)

Donde está mi cuerpo solo está la tierra, donde está mi pelo solo está mi calavera, dice. Se dibuja con sus palabras. Me invento mi futuro, dice. Pongo una coma o me detengo y construyo un planeta, una ola, una pierna. Me deshago y me vuelvo a hacer como si fuera un castillo en la arena. ¿Dónde está la que jugó? ¿Cuándo crecí de entre mis muertas para ser mi endemoniada? ¿En qué momento dejé de ser la que corría bajo los árboles y me convertí en la que huye entre las sombras?, se pregunta.

(¿Has encontrado sitio para aparcar?)

Soy la sin respuesta, mi muda, la que ignora, mi ignorada. Soy mi desperdiciada, mi tumor, mi extirpada. Soy mi carne helada. Soy mi descompuesta, mi corrupta, mi barco fantasma y mi barco de vela, sobre mí navego y a mí me agarro en la tormenta. Soy mi cortejo fúnebre, mi oración de los muertos, la mujer que cubre una manta o una sábana. Soy la que me viste tras mi muerte, la que me cierra los ojos, la que me peina el pelo, la que me tira de los pómulos hasta simular paz o alegría. Me contemplo así, me ofrezco mis condolencias, me veo por vez última y me quemo o me entierro en la tierra.

(¿Pero quienes?)

(¿Te puedes preocupar por mí?)

Vuelvo, pues, a ser quien fui, dice, mis manos lo dicen, todo mi cuerpo, las neuronas de su cerebro, lo celebran, tocan violines y trompetas, la celebran, a la viajera, a la que regresa, a la que ahora no es más que un delirio encarnado, un fluir de tiempo, una roca que rueda, una máscara, un silbido, un armario vacío, una muesca en la madera. Soy la que se recuerda, mi vieja novia, unas palabras dichas al azar antes de acostarme, el recuerdo de mis años felices, el recuerdo de lo que besé, de lo que abracé, de lo que construí con fuego en mi carne. Soy mi amante, mi marido, el hombre que duerme a mi lado, el hombre que vive a mi lado, el hombre que come a mi lado, junto a mí, a mil galaxias de distancia.

(Esa bufanda es elegantísima.)

¿Cómo podría alcanzarle? ¿Cómo podría saber quién es, lo que siente o piensa? Es tan solo un hombre, se dice, escribo, escribe. Es tan solo un hombre que se corta las uñas de los pies y que se masturba cuando pasa más de una semana sin que nos acostemos. Un hombre al que se le cae el pelo. Un hombre que se derrumba por las noches frente al televisor como si para eso hubiera venido al mundo. Un hombre cualquiera con un nombre cualquiera que tiene opiniones para todo, que nació y se crió de determinada manera y que un día morirá y que dejará toda su ropa en el armario, los calcetines y los calzoncillos que habrá que lavar por última vez antes de meterlos en una maleta y regalarlos. Un hombre al que un día cualquiera se lo llevarán sus muertos. Un hombre que ronca, que come carne, que bebe vino y cerveza, que se fuma un cigarrillo en la terraza, que huele a sudor cuando regresa de su trabajo y entra en mi habitación donde yo estoy escribiendo esto. Llega, se ducha, prepara algo de cenar, se pone a ver la televisión, luego se duerme. Lo hace así muchas noches, cuando yo no le hago caso. Si yo no me quito la ropa y le quito los pantalones del pijama y me meto su pene en mi boca como sé que a él le gusta y luego follamos con cariño, como dos viejos amigos que no necesitasen hablar de nada.

(Repatriación de dividendos.)

No, solo su pene en mi boca como sé que a él le gusta y mi culo en su cara y luego su pene dentro de mí o acariciando mis pechos hasta que los dos o uno de los dos nos corremos.

(Yo me meto en la cama con Schopenhauer.)

A mí a veces se me olvida que tengo un cuerpo. A veces le pido que me muerda y entonces siento el dolor en mi cuello, en el cuello de mi cuerpo. Así que este es mi cuerpo, me digo. Muérdeme, le digo. Hazme esto, le digo. No, así no, le digo. Más suave, más suave, me haces daño con tu barba, le digo.

(Bailo fatal.)

Se lo digo para que no le haga daño a mi cuerpo, se lo digo porque para mi cuerpo no todas las cosas son iguales, no todas las maneras de ser tocado le provocan las mismas sensaciones. Yo estoy encerrada en mi cuerpo y observo cómo mi cuerpo tiene sus propias preguntas y sus propias respuestas. Cómo tiene su propio diálogo con el otro cuerpo, mientras que yo lo observo todo y me coloco encima del otro cuerpo y le digo, ahora tócame los pechos, tócamelos, le digo, así.

(La abuelita era muy buena.)

Y yo, con su pene dentro de mí, subo y bajo cada vez más deprisa mientras me acaricio yo también a mí misma, a mi propio cuerpo. Le rindo tributo, me digo, a mi propio cuerpo y al cuerpo del hombre que está dentro de mi cuerpo, eso hago, eso hacemos. Entrecruzamos nuestros esqueletos y los muertos que seremos. Entrecruzamos nuestros bosques y nuestros senderos. Entrecruzamos nuestros sueños y nuestros miedos. Entrecruzamos lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos. ¿Cómo podría abrir la boca y decirle que nada me importa nada?

(Un café solo.)

¿Cómo podría abrir la boca y decirle que todo me parece un decorado sin sentido? ¿Cómo podría abrir la boca y decirle que solo es mi deseo el que busca su cuerpo? ¿Cómo podría decir lo que soy? ¿Cómo podría decirle que no soy más que mi fantasma, mi endemoniada y mi poseída? Así que me callo y luego lo escribo. Me construyo mis ojos, mi corazón, me levanto de la cama, mis riñones, voy al cuarto de baño, mi amasijo de órganos dispuestos en armonía, a veces, me dibujo mi estómago, mis pulmones, mi tráquea, mis orejas, mis cejas.

(Estaba borracha, se cayó y se rompió dos dientes delanteros y la nariz.)

Soy mi Frankenstein, mi Prometea, mi ángel caído desde todos los vacíos, mi expedición al fondo de los mares, mi pulpo gigante, mi pez abisal, mi furia sin destino, mis lágrimas aterradas, mi Robinsona, mi Nautilus, mi Viernes, mi Capitana Nemo, mi Moby Dick, mi ballena. Soy mi arponera, la que me busca en las llanuras de las aguas, la que me busca con una lanza de palabras atada a una cuerda, la dueña de mi secreto, la que no puede ser salvada. Soy, pues, mi tragedia, mi literatura, mi novela, mi poema.

(Sólo te estoy diciendo.)

Soy la que figura entre las tapas, la que pasea. Soy mi lluvia, mi monólogo, mi conversación, mis olas, mi tormenta. Soy mi derrotada, mi alanceada, mi verbo, mi columna vertebral, mi marea, mi esquimala.

(¿Porque iba sin medias?)

(No, porque estaba borracha, ya te lo he dicho.)

Soy mi hueco, mi hoyo, mi caverna. Soy mi india y mi pueblo perdido. Soy mi lengua sin heredera. Soy mi sirena. Soy a la que llamo. Soy a la que canto. Sobre mí precipito mis salmos. Hacia mí atraigo a la que soy, hacia mis costas llenas de esqueletos de sueños. A mí me devoro con mi sirena, a mí me ato al palo mayor, a mí me tapo los oídos. Soy la que escucha. Soy la que canto. Soy la que rema. Soy mi marinera. Estoy en el mar y me veo en la tierra, estoy viva y me veo muerta, estoy triste y me veo alegre, estoy y no estoy y, cuando llego, ya no hay nadie.

(Y como era muy buena, muy buena, la perdonó.)

Cuando pongo una palabra ya me he ido. Cuando me llamo no me escucho. Cuando me escribo no me leo y cuando me leo no soy yo.

(Nadie me cree cuando hablo de mí.)

A veces sonrío solo porque sí. Para ser igual que el sol que dibujaba en el colegio. Con unos ojos azules, con una gran sonrisa que reflejase toda la alegría que concedía a la Tierra. A veces sonrío para decirme que no tengo más que hacer con la vida lo mismo que hacía con el sol. Inventármela, ponerle una sonrisa a todo, tomar mi lápiz de labios y pintarme una gran sonrisa en toda la cara, emborronarme mi rostro de muerte y maquillarme como si fuera el sol de mi infancia. Mi padre colgando el teléfono bruscamente. Mi madre sonriendo en las fotografías de los domingos.

(A las mujeres nos gusta ponernos guapas porque sí.)

(¿Y porque no?)

Mi sol particular, encerrada en el cuarto de baño, mientras me pinto mi sol, me borro mi rostro, me encarmino hasta las cejas y luego vuelvo a mi mesa y continúo escribiendo con toda la cara pintada de rojo. Soy mi sol, me digo, a mí me ilumino en mi noche de vivir, a mí me doy calor en mi iglú de hielo, en mi tormenta de nieve. Soy mi Ícara, me digo, hacia mí vuelo, mis palabras son mis alas, mi esperanza es la cera que se derretirá y que me precipitará en el vacío. Soy mi sol ardiendo. Soy mi sonrisa dibujada en toda mi cara, me digo. Mas no es suficiente. Necesito más. Lo quiero todo. Necesito más alas. Necesito más fuerzas, me digo.

(Sonreír.)

Necesito más recuerdos que quemar, que abandonar, que dejar de ser. Así que me levanto, escribo, y vuelvo al cuarto de baño y comienzo a pintarme todo el cuerpo. Busco todos mis lápices de labios y comienzo a pintarme. Me quito la blusa y el sujetador y, frente al espejo, comienzo a pintarme el pecho, mis pechos, los emborrono, incluso mis pezones, me los pinto con mi sonrisa roja, con furia, con decisión. Sé bien lo que tengo que hacer. He de borrarme, me digo.

(Desaparecer.)

Me hago daño. He de borrarme y construir un cuerpo nuevo. Y me pinto los pechos, me los oculto en mi sonrisa perpetua de sol de mi infancia. Y, luego, los lápices se me gastan o se me rompen y recojo los trozos del suelo, sigo con mis manos, con mis brazos. Me hago rayajos en mi piel, rayajos rojo intenso, rayajos carmesí, rayajos de mis labios en mis brazos y trato de pintarme mi espalda. ¿Cómo sonreír sin espalda?

(¿De aburrimiento?)

(No, con armas automáticas.)

Yo soy mi espalda, me digo de repente. Soy lo que no sé de mí. Yo soy mi olvidada de mí, la que no me puedo ver, la que solo a duras penas puedo rascar. Soy mi parte de atrás, mis bastidores, me digo. No soy más que mi noche.

(¡Ese idiota iba sin luces!)

(Queso.)

(Ardilla.)

Serigrafía
Ana Juan
Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías (numeradas y firmadas) de la obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Ana Juan ilustró nuestro Deseo con esta serigrafía.

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