La víspera del día del examen, Delia despierta inquieta. No sabe bien qué es, pero algo la incomoda. Percibe un cuerpo extraño debajo de la lengua. Puede que sea una hebra de tabaco, o un hilo, pero no. Es un vello rizado, negro y áspero de aproximadamente tres centímetros desde un extremo a otro, conjetura. Aprecia, en la raíz, una especie de costra blanquecina desde la que se extiende, formando un bucle elástico, un filamento claramente púbico. Nota, por lo demás, un gusto amargo, un gusto a semen viejo que sólo puede ser de una persona: André.
Con el cuidado de un miniaturista, lo prende con la punta de dos dedos, lo enfrasca en un tarrito y, como aún tiene tiempo, lo observa unos segundos antes de irse a la ducha. Al cabo, se desnuda, tira la ropa encima de la cama y, ya descalza, se encamina hacia el baño de puntillas. Siente cómo el calambre del invierno le sube por los huesos desde el embaldosado, cebándose a la altura de sus hombros. El frío la desconsuela. Entra en la ducha y pone el agua a hervir. Se moja, se enjabona. Mientras lo hace intenta no pensar, pero es inevitable. Piensa en la facultad y en sus estudios, y en el esfuerzo que hace su familia para poder pagarle su estancia en la ciudad. La beca no le da ni para el piso, piensa. Piensa en volverse a España.
Me retourner, se dice.
Envuelta en la toalla, se lava bien los dientes; luego se enjuaga y vuelve a cepillárselos. Así hasta cuatro veces. Después se viste y abre la ventana para que se ventile el dormitorio: no volverá hasta tarde. Ya en la puerta, vuelve sobre sus pasos, coge el tarrito y saca el vello púbico. Lo mira con recelo unos instantes al cabo de los cuales vuelve a depositarlo debajo de la lengua, y, armada de esa guisa, sale, ahora sí, de casa.
[...]