Dos locos se habían recluido en El Escorial para pasar unas semanas de verano absolutamente ejemplares, un mes de agosto que nadie les pudiera reprochar y que a los envidiosos de siempre los dejara para siempre tiñosos. Y muy enfermos, en vista de que, según Pepe y Alfredo, los locos en cuestión, aquello de la envidia sana es tan sólo un estúpido eufemismo. La envidia, o es tiñosa y sencillamente enferma, y cruel, o no es.
Los dos locos, que aún responden al nombre de Pepe y Alfredo, a pesar de todo lo que les sucedió la noche del 9 de septiembre de 1982, habían optado por horarios de trabajo muy de acuerdo a sus ambiciones literarias de aquel momento, que no eran otras que las de avanzar todo lo posible en la redacción de dos novelas que traían empezadas desde la primavera, o incluso terminarlas. Y ninguno de los dos iba a molestar al otro con el tecleo de sus respectivas máquinas de escribir, ya que a Pepe le gustaba trabajar por las mañanas, desde las ocho en punto hasta la una en punto, hora que Alfredo aprovechaba para hacer largos paseos por la urbanización o para hacer la compra en el pueblo, mientras que Pepe tenía la costumbre de dormir muy buenas siestas cada tarde, a partir de las cuatro, hora en que Alfredo hasta el día de hoy suele sentarse a escribir.
Por las noches, tras una frugal cena, Pepe y Alfredo se sentaban en la terraza de la hermosa residencia de El Escorial, ante el amplio jardín delantero, y se servían unos whiskies no muy cargados y con varios cubos de hielo. Media botella por noche, de acuerdo a la dosis que les dejaba Maite, la esposa de Pepe, que enseguida se marchaba a sus vuelos de azafata de Iberia, confiando eso sí en la vigilancia de Martha, la novia de Alfredo, mujer de pocas palabras, pero muy claras, y de muy escasas raciones de whisky, y con mucho hielo y agua, desafortunadamente.
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