“Querer es poder”, me dije a mí mismo mientras caminaba por Chancery Lane alrededor de las seis y media de la tarde del lunes 10 de diciembre, para indagar en la taberna de Jack Randall dónde había de celebrarse la pelea prevista para el día siguiente, y para el caso que nos ocupa, el refrán no se me antoja nada anacrónico. Estaba decidido a ver aquella pelea costase lo que costase, y en efecto la vi, y a lo grande. Era mi primera pelea, y sin embargo colmó de sobra mis expectativas. ¡Damas! Es a vosotras a quienes dedico esta descripción, y que no se diga que es impropio de la belleza reparar en las proezas del valor. El coraje y el recato son virtudes inglesas de toda la vida, ¡y que nunca llegue el día en que una y otra se contemplen de forma fría y recelosa! ¡Tened presente, bellas entre las bellas, primorosas representantes del género primoroso, practicantes de dulces encantamientos, que matáis con cebos envenenados a muchos más de los que los que jamás cayeron en el ruedo, y escuchad con gesto contenido y sin estremeceros este relato, trágico sólo en apariencia y sagrado para la Afición!
Caminaba yo por Chancery Lane, decía, con la intención de preguntar en la taberna de Jack Randall dónde iba a celebrarse la pelea, cuando, al asomarme a la puerta acristalada del Hole in the Wall, oí a un caballero hacerle a la señora Randall idéntica pregunta, como habría dicho el autor de Waverley. Pues bien, la señora Randall respondió a la pregunta del caballero con todo el aplomo de la esposa del campeón de los pesos ligeros. Así pues, pensé: aguardaré a que salga este individuo y me enteraré por él de cómo están las cosas.
[...]