William Blake hubiera sido el primero en entender que cualquier biografía debe empezar en realidad con las palabras «En el principio Dios creó los cielos y la tierra». Si estuviéramos contando la historia del señor Jones de Kentish Town, necesitaríamos todas las épocas para explicarla. No podemos ni siquiera concebir el apellido «Jones» hasta que nos damos cuenta de que su carácter común no es el de las cosas vulgares sino el de las cosas divinas; porque su misma familiaridad es un eco del culto a San Juan, el Divino. El adjetivo «Kentish» es más bien un misterio en esa conexión geográfica; pero la palabra Kentish no es tan misteriosa como la horrible e impenetrable palabra «Town». Habría que arrancar y separar violentamente las raíces de la prehistoria del género humano y haber visto las últimas revoluciones de la sociedad moderna antes de saber realmente el significado de la palabra «poblado». De modo que cada una de las palabras que empleamos llega a nosotros teñida por todos sus lances en la historia, cada una de cuyas fases ha producido al menos una tenue alteración. La única manera correcta de contar una historia es comenzar por el principio, por el principio del mundo. De modo que todos los libros se han de comenzar de manera incorrecta, en aras de la brevedad. Si Blake hubiera escrito la vida de Blake no empezaría con ninguna alusión a su nacimiento o a su ascendencia.
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