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Número 5. Primavera 2006
Hacer algo
Pilar Adón

1.

El silencio existe y Sofía Vidal lo sabía porque lo había percibido cuando era niña en el rostro ausente de su madre y a lo largo de la extensa franja de terreno que separaba su casa de las casas de los demás, en el camino por el que circulaban los otros padres sin detenerse jamás para girar la cabeza y, levantando la mano, saludar a Sofía que, entonces, en esa precisa ausencia de saludo, advertía la sólida existencia del silencio. También, muchos años después, lo había sentido abrumador, monstruoso, al lado de su marido. Un marido que había hecho un viaje a Italia con ella y que nunca regresó de Italia con ella.

Viajaron juntos en un tren que recorría interminables vías rodeadas de árboles y de enormes piedras. Sofía Vidal sonreía, enamorada del hermoso cuerpo de su marido, y el aroma extraordinario que desprendían sus palabras era sólo comparable al inasible esplendor del paisaje que se desplegaba ante sus ojos. Lo inmenso, lo inabarcable. Lo incomprensible de tan perfecto. Pero también lo fugaz… Tan fugaz que, muy poco después, desconcertada e incrédula, Sofía Vidal descubriría que en cada una de las ciudades italianas por las que iban pasando, en cada terraza desnuda de invierno, invariablemente, un hombre se acercaba a su marido y le pedía fuego. O le solicitaba los resultados del último partido de la liga europea. Y su marido entonces deslizaba los dedos por las hojas lisas de su periódico y podía, con tanta facilidad como se decide amar o no amar a alguien que nos resulta absolutamente indiferente, elevar los ojos de la página, mover la cabeza hacia el extraño recién llegado y luego sonreír o, por el contrario, permanecer circunspecto. Responder a la absurda pregunta que le había servido de eficaz pretexto –o tal vez no tan eficaz– al indiscreto paseante, o bien comentar con tranquilidad que la tarde era horrible y que, por tanto, le apetecía tomar un café a salvo de los rigores del viento.

Sofía Vidal solía mantenerse al margen de las conversaciones que tenía su marido en aquellas circunstancias tan aparentemente casuales, y se limitaba a observar cómo el extraño asentía, o bien se retiraba.

Cuando llegaron a Florencia, las previsiones meteorológicas anunciaban una ola de frío que recorrería todo el norte del país. Varios días después, y tras ciertos encuentros –siempre pretendidamente fortuitos, en pequeños cafés escondidos en plazas desiertas o en los bancos situados en la sala de espera de la estación de ferrocarril–, Sofía se sorprendió asintiendo ella misma con la cabeza mientras adivinaba, una vez más, que muy pronto deberían huir de la pequeña habitación que ahora compartían en la vía de Ginori y que resultaba tan económica. A la mañana siguiente, en el desayuno, los otros huéspedes sabrían cómo mirar hacia su mesa con una antipatía y un rencor lo suficientemente evidentes como para que ella misma desease salir de allí lo antes posible. Por encima de las tazas de café, de los botecitos con mermelada de fresa y del azucarero, Sofía Vidal contemplaría el gesto despreocupado de su marido:

–No te preocupes, cielo. La vida nos sonríe, y hoy mismo podemos trasladarnos a un hotel mucho mejor que éste. Este sitio no deja de ser una cueva horrible y oscura.

Una cueva… Con una canción italiana de fondo y el sonido prudente de las cucharillas sobre los platos de colores. La palabra cueva pronunciada para ser oída y degustada por las otras parejas alojadas allí, que mirarían con un resentimiento aún mayor. Resentimiento. Porque esos seres alborotadores saldrían de allí con sus maletas y sus libros transportados en bolsas e irían a un hotel mucho mejor, tal vez con elegantes suites. Tal vez con los techos decorados con frescos y un ambiente más distinguido y acogedor. Un hotel en el que en verano se servirían los desayunos en el jardín y en el que tendrían una hermosa piscina a su disposición. Porque él, el esposo, había tenido un golpe de suerte. La vida ahora les sonreía a ambos, y había sucedido algo que podría cambiar el estilo de sus días durante, al menos, un par de semanas, aunque ella, la esposa, no pareciera mostrar ningún entusiasmo.

–Era un hombre repugnante.
–Sí… Es cierto. Repugnante… Pero muy rico –él masticaba su tostada y, al mismo tiempo, hacía un gesto con la mano izquierda en dirección a Sofía–. Y si tú hubieras querido, habría sido mucho más generoso. No habrías tenido que hacer mucho, la verdad. Se trataba de un hombre muy fácil de complacer.

Ella contempló la serenidad con la que su marido escandalizaba a los demás huéspedes.

–Si tú no tienes escrúpulos, es cosa tuya. A mí déjame en paz.
–Eso hago, cielo. Eso hago. Dejarte en paz. Lo que ocurre es simplemente que me entristece que no quieras divertirte ni un poquito y de una manera que nos resultaría tan lucrativa. A ambos.

Las llaves de las habitaciones italianas en las que se hospedaban solían ser grandes y de hierro. Tan pesadas que se hundían en los bolsillos de sus blusas hasta forzar algún roto en las telas de cuadritos o de algún color pálido.

–Gracias a tus actos tan lucrativos, nunca podemos permanecer más de dos días seguidos en el mismo hotel.
–Ya. Claro –él bebía su café–. Pero ya sabes que si eso ocurre no es por mi culpa. Eres tú quien no soporta sus miradas.

Sofía recogería los pocos objetos personales que se había atrevido a dejar sobre la breve repisa que había encima del lavabo: un peine, su cepillo de dientes, algún anillo y un pañuelo para el pelo. Poco más.

–Para ti todo resulta demasiado sencillo.

Ordenaría una vez más su maleta, revisaría la habitación dos, tres, cuatro veces, para comprobar que no se dejaban nada olvidado antes de cerrar definitivamente la puerta y enfrentarse de nuevo al ascensor que, de una manera lenta, situaría sus cuerpos ante la frialdad contable del recepcionista. Las llaves entregadas, los billetes, el cambio, una despedida formal y la mortificante sensación de que en cada una de aquellas vulgares habitaciones de hotel siempre se quedaba algo de ella. Algo escondido debajo de una de las camas. Oculto detrás de las cortinas de la ducha. Algo indeterminado, impreciso. Un objeto, quizá, o un momento irrecuperable que tal vez no tuviera ninguna importancia, pero que formaba parte de su vida y que se había quedado para siempre en la habitación anónima, deslucida e insignificante de un hotel. Una habitación que sería ocupada esa misma tarde por otra pareja o por un caballero solitario en busca de un ser tan excepcional como su marido.

–Para ti, en cambio, todo es demasiado complejo. O imposible.

2.

Llegaban ya al mercado de artículos de piel. Tendrían que arrastrar sus maletas y sus libros ocultos en bolsas hasta encontrar cualquier otro lugar en el que poder pasar la noche. “Esta vez sin ganancias, por favor”, había suplicado Sofía Vidal. Y él había estado de acuerdo. Esa noche se comportarían los dos como los perfectos integrantes de una perfecta pareja que hace turismo por una ciudad perturbadora y obsesionante. Una ciudad en la que el frío desciende sobre los hombres como un denso manto de desprecio. Un frío que no permite detenerse ante las ofertas de los tenderetes callejeros de la Piazza San Lorenzo, donde la piel difunde su olor y sus promesas de abrigo.

“Para ti, en cambio, todo es demasiado complejo. O imposible…”

Aquella ciudad desbordante de una suave y brillante piel expuesta al público a cada paso. Sedosa y amable piel. Piel por la que deslizar los dedos pausadamente y en la que dejar la cara reposando sin temor a las ráfagas de viento. Piel salvaje o tierna. Experimentada como la de él o tenue como la suya. Repartida por las calles estrechas e inesperadas de una ciudad en la que los ángeles podrían lanzar sin orden las flechas que les han sido asignadas. Sólo por lanzarlas. Sólo por deshacerse de ellas y permanecer luego a la espera, con auténtica curiosidad angelical, de los imprevisibles efectos derivados de su caprichoso comportamiento que, naturalmente, será siempre etéreo y que, naturalmente, será siempre alado.

–Supongo que sabrás a qué hotel vamos –dijo Sofía mientras seguía con cierta torpeza los pasos más ágiles de su marido–. No me gustaría pasar el día entero recorriendo espantosas pensiones destartaladas.

Él no se detuvo ni giró la cabeza para explicar hacia dónde se dirigían, por lo que Sofía dedujo que ya habría pensado en su próximo alojamiento temporal, y que lo mejor era continuar en silencio. Caminar detrás de él, tirando de su maleta y sin hacer más preguntas.

No debía detenerse. No debía perder la observación constante de la espalda recta de su marido ni por un breve instante. No debía siquiera llegar a pensar en una posible pausa porque entonces, tal vez, la tentación del descanso podría ser mucho más fuerte que su voluntad de continuar avanzando y entonces, tal vez, se dejaría caer al suelo para empezar a arrepentirse de todo lo que estaba haciendo y para empezar a echarlo todo de menos. Cualquier cosa. Porque estaba agotada y porque estaba hastiada. Él seguía caminando sin decir nada, y Sofía Vidal comenzaba a tener la sensación de que se habían perdido.

–¿Realmente sabes dónde…? –comenzó.

Pero en ese momento él se detuvo y pareció recordar.

–Eso es… –murmuró–. ¡Aquí está! Borgo Santissimi Apostoli. Antes de llegar al Arno. Sabía que no me había engañado. No podía engañarme –dijo dirigiéndose a ella por fin, mostrando una amplia sonrisa de alivio–. Por un momento he llegado a creer que me había tomado el pelo. Que me había dado una dirección falsa. Durante un brevísimo instante he tenido miedo de verdad. Si se hubiera atrevido a reírse de mí, yo… ¡Ha sido espantoso!

Sofía Vidal pensó que cada vez le resultaba más complicado entender qué quería decir su marido en determinadas ocasiones. Ocasiones, por ejemplo, como aquélla. Le gustaría que él se expresara con más claridad, pero sabía que no serviría de nada preguntarle abiertamente a qué tipo de miedo se estaba refiriendo. Él no sabría cómo explicárselo.

–¿Qué estamos buscando aquí exactamente? –decidió preguntar tras una pausa.
–Pues un hogar –respondió él.

Y, aparentemente guiado por el deseo de descubrir ese hogar, comenzó a buscar con cierta urgencia algo que debía aparecer escrito en alguna de las fachadas de piedra de aquellos palacetes cuyas habitaciones privadas se encontraban en los pisos superiores. Buscaba, seguramente, el lugar en que vivía el hombre que no pudo –porque sin duda no quiso– engañarle, y observaba una y otra vez, casi ansioso, los muros de aquellos palacios. Examinó cada uno de los números, hasta que finalmente pareció dar con el edificio que estaba buscando.

Se había detenido ante una magnífica casa de apariencia medieval cuya puerta de entrada estaba entreabierta. Una vez allí, volvió a sonreír con una profunda expresión de complacencia.

–¿Qué hacemos ahora? –preguntó Sofía.
–La puerta está abierta, ¿verdad? –murmuró él–. Está abierta y eso es una señal. Así que vamos a entrar.
–Entrar… ¿Te has vuelto loco?
–Conozco al hombre que vive aquí. Se llama Gian Bruno Cellai, y él mismo me dijo que viniera a su casa cuando necesitara cualquier cosa de él. Cualquier cosa.
–Pero eso no significa que puedas presentarte de repente en su casa con tus maletas y con tu mujer.
–Necesito algo de él, ¿no es cierto?

Y, tras destacar con un tono de voz algo elevado que era ahora cuando necesitaba a ese tal Gian Bruno, ahora y no más tarde, empujó la puerta con decisión y entró.

Desapareció y, de pronto, resultaba demasiado evidente que, para su marido, ella había dejado de existir. Borrada por completo de la superficie de la tierra, Sofía Vidal comprendió que a su marido le era indiferente si ella decidía entrar o no en aquella casa. Podría comenzar a llover, podría oír el desapacible sonido de otra puerta al abrirse y cerrarse de golpe, podría continuar aquel frío paralizante, y ella continuaría estando sola en una calle por la que no pasaba nadie.

Así que se sentó en el segundo peldaño de la pequeña escalinata que conducía a la entrada de aquel edificio medieval, con el propósito de permanecer allí hasta que su marido saliera de nuevo para explicar qué era lo que debían hacer a continuación. Quedarse o irse. Saludar al magnánimo señor Gian Bruno Cellai mientras le dedicaban los mayores elogios por tener la inmensa generosidad de albergar a ambos esposos en su casa o, por el contrario, maldecir cada uno de los rincones que él pisase por no permitir que se establecieran allí. O, tal vez, tendría que escuchar que él, el marido, sí se quedaba pero que ella, Sofía Vidal, la mujer, no. Porque al poderoso señor Gian Bruno no le interesaba Sofía y sólo le interesaba su compañero. Y en ese mismo instante, ella se preguntaría: “¿Y, ahora, qué hago yo? ¿Qué hago?”. Pero era obvio que a él esa cuestión le resultaría bastante aburrida. Carente de interés.

La calle, vista desde el suelo, continuaba siendo hermosa bajo la luz fría de la mañana. Los arcos de las ventanas y las magníficas torres parecían aún más imponentes y altísimas desde su posición expectante y encogida. Y sentada allí, con la cara apoyada en las manos y los ojos muy abiertos, llegó a creer que su marido realmente tendría la suficiente capacidad de persuasión como para convencer a aquel italiano.

Sin embargo, pronto oyó su voz a su espalda, muy cerca de ella.

–Casi no puedo creerlo. Gian Bruno no desea verme.

Un cambio insólito se había operado en el rostro de su marido: su serenidad, esa elegante apatía tan habitual en él, había desaparecido por completo, para dar paso a una expresión de absoluto desconcierto.

–Entonces, ¿nos vamos?
–Es imposible. Ha sucedido algo… –murmuró él–. Estoy seguro. Algo atroz…

Se iban. Para volver a refugiarse en nuevas habitaciones mal amuebladas. Para seguir arrastrando sus maletas hacia otro lugar provisional.

–No te preocupes –dijo Sofía–. Sabes que tenemos nuestro propio dinero…
–Estoy seguro de que ha sucedido algo –repitió él.

Y Sofía Vidal no comentó nada más.

Porque no iba a discutir con su marido. Al menos no en aquel momento.

3.

A su alrededor nadie paseaba con tranquilidad. Ni siquiera los turistas que, con pasos apresurados por el frío, parecían estar deseando que sus gruesas guías de viaje terminaran de una vez con las rutas establecidas por los lugares de visita obligada o que alguien, algún florentino afable y compasivo, les sugiriera que lo más acertado en aquellos días de frío extremo era ver la ciudad a través de los cristales acogedores de una pastelería con una taza de café caliente entre las manos. Nadie cargaba tampoco con sus maletas de un lugar a otro.

–Me volveré loca si no descansamos un poco y me quito de encima este frío horrible.
–¿Estás cansada?
–Mucho.

Él se detuvo y, dejando sus cosas en el suelo, respiró profundamente.

–Te empeñas en que todo parezca terriblemente complicado.

Sofía Vidal se pasó una mano por la cara, intentando no mostrarse demasiado inquieta.

–¿Estás hablando conmigo? ¿Te refieres a mí?

Entonces su marido sonrió de un modo extraño y, volviendo a recoger sus bolsas del suelo, murmuró que lo mejor sería que encontraran pronto un buen lugar donde alojarse si no querían morir de frío esa misma noche.

Y así, caminando con aquella sonrisa inexplicable en los labios, se dirigiría hacia un nuevo hotel, hacia un nuevo recorrido por las calles de un lugar cada vez más desconocido.

–¿Sabes? –dijo Sofía situándose junto a él–. A veces tengo la sensación de que jamás saldremos de aquí. A ti te gusta mucho este sitio. Te fascina Florencia. Te apasiona saber que siempre quedará algo por descubrir más allá de los enormes muros de cada uno de los edificios de esta ciudad.

Él no dejaba de sonreír de esa manera algo enigmática que ya empezaba a molestar a Sofía.

–¿Tú crees?
–Por supuesto. Admite que te sientes profundamente bien aquí. Te conozco.
–Pues no, cielo. No me conoces… Claro que nos iremos. Cuando tengamos que hacerlo, subiremos a un tren y nos iremos a Roma.
–¿A Roma?
–Sí. A Roma. ¿Contenta?

¿Contenta?

Radiante. Tanto, que se descubrió de nuevo interesada casi únicamente por los horarios de salida de los trenes en que compartiría con su marido un nuevo viaje. Un viaje lento en el que volverían a acariciarse los dedos por debajo de las mantas con las que se cubrirían las piernas, mientras contemplaban el paisaje de una Italia absorbente. ¿Contenta? Tanto, que le escribió una breve postal a su hermana mayor para decirle lo inmensamente feliz que se sentía al lado de su marido. Tan contenta, que no reparó en el curioso hecho de que, en los pocos días que aún permanecieron juntos en Florencia, él no sacara ya sus cosas de las maletas cada vez que cambiaban de hotel. Tan contenta, que tampoco se detuvo a observar cómo el dinero iba desapareciendo paulatinamente de la ya muy reducida suma con la que contaban para poder terminar su viaje. Tan contenta que, cuando una mañana descubrió que él no estaba en la habitación con ella y que tampoco estaban con ella sus libros ni su ropa, no pudo evitar echarse a reír mientras le escribía una nueva postal a su querida hermana mayor para explicar en unas pocas líneas que volvía a casa, que volvía sola, y que necesitaba, ahora más que nunca, hacer algo.

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