Barcelona, 15 de mayo
De noche, en la cama, Angels, vestida con una corta camisilla negra de tirantes que se eleva suavemente a la altura de sus senos redondos, bien formados, y deja al descubierto su vientre plano, de amazona, salta de un extremo al otro, en busca de la música que nos gusta escuchar: Andrea Bocelli, Celine Dion, La Música para mis amigos, de Fernando Trueba, Mina, Milva y Tom Waits. Tiene unas piernas largas y hermosas, blancas, como las columnas de un templo romano que lucen, espléndidas, debajo de la estrecha braga lila. Cualquier color le sienta bien a una piel así: el negro, el rojo, el azul («¿te gustan las bragas verde oscuro?» me ha preguntado con deliciosa inocencia). Gozosamente la contemplo moverse de un lado a otro de la cama como si no supiera que la estoy mirando desde adentro, desde la mirada del goce. Todo goce es solitario. El placer se puede compartir: el goce, no. Sin embargo, ella, que es una mujer muy joven pero muy sabia (tiene la sabiduría silenciosa de quien nunca, hasta ahora, había encontrado un interlocutor, una interlocutora ideal) percibe mi mirada y, a veces, eso la altera. «No me mires», grita, y yo descifro la orden no manifiesta: no goces solitariamente, no me conviertas en objeto de observación, no me mires desde tu yo. Entonces, la atrapo en uno de sus vaivenes en busca de música, la aprisiono entre mis brazos, a pesar de que es mucho más alta que yo, y le digo que hay una belleza interior del cuerpo, la que no se ve, la que está bajo la piel, la de los huesos, la de los cartílagos, los músculos y la sangre, la del estómago y el píloro. «¿El píloro?», me pregunta asombrada. «¿Dónde está el píloro?» Se lo señalo con suavidad sobre su propia piel, se lo dibujo con el dedo índice de mi mano mojado con su sangre menstrual. Hay una belleza que no se ve pero se adivina: la de los órganos interiores, y yo amo sus riñones, su hígado, su bazo, su mastoides. «¿Te los puedes imaginar?» me pregunta, y le digo que sí, que me los represento como los pintores se representan el cuadro antes de pintarlo. Anoche vimos, desde la cama, Inseparables, la inquietante película de David Cronemberg. Yo la había visto cinco o seis veces antes. Angels, que sólo tiene 21, no la había visto nunca. En una escena, uno de los gemelos ginecólogos le dice a una paciente: «Debería haber un patrón de belleza interior. Los riñones o el útero más hermosos». Angels se da vuelta súbitamente, queda sobre mí, su espesa y abundante cabellera rojiza sobre el rostro y me dice: «Ay, me duele algo en la espalda», y señala con la mano un lugar impreciso, por detrás. Me río. «Son los riñones», le digo, y me mira, incrédula. Ha tenido seis orgasmos encadenados esta mañana, pero no sabe que los riñones están debajo de los pulmones. Tampoco sabe que después de tres días de hacer el amor sin parar, duelen los riñones, aunque se tenga su radiante juventud. Entonces, mi goce consiste en saber lo que sé porque ya lo he vivido otras veces; no puedo compartir con ella el hecho de que sea la primera vez (la primera vez que duerme abrazada, con la saliva chorreando sobre mi hombro, la primera vez que encadena orgasmos como cuentas de un collar interminable, la primera vez que sufre cuando estamos lejos) pero al mirarla, al escucharla, mi memoria antigua, mi memoria de mujer de más de cincuenta años deshilvana como hilos de una madeja el pasado, magdalena de Proust.
17 de mayo
Lil Castagnet, creadora y directora de Unicas, festival de grandes voces femeninas y pareja mía, durante muchos años, afirma, en el diario gratuito ADN: «Las divas son de una gran fragilidad emocional». Curioso destino el de la palabra «divas». En principio, se aplicaba a los dioses o a las diosas. Luego, el uso tuvo cierto carácter despectivo: «diva» era la artista –generalmente del mundo de la ópera– caprichosa, egoísta y narcisista. Ahora, en consonancia con los tiempos, donde el narcisismo y la egolatría son admirados, es un calificativo de marca. Ser «divo» o «diva» vuelve a querer decir ser «divino», admirable. Lil tiene razón. La fragilidad de l@s artist@s –entre quienes me cuento– se debe a que su material de trabajo son las emociones: tienen que transmitir dolor, alegría, pesar, rabia, ansia de venganza, amor, odio. Tal exacerbación emocional las deja exhaustas, y a veces, sin saber muy bien quiénes son.
Esa misma noche, acudo, con Angels, a la inauguración de Unicas, en el Palau de la Musica Catalana. Estoy en un palco, mientras una fascinante Jessey Norman interpreta a Ravel, a Gerswhin, varios negros spirituals y una nana de Manuel de Falla. Mientras canta con su maravillosa voz, potente y llena de matices, evoco todas las veces que he escuchado Sommetime en otras versiones. Un aluvión de pasado me inunda y quisiera trasmitírselo a Angels, quisiera compartirlo con ella. De pronto, me doy cuenta de que Lil Castagnet, la creadora y directora de Unicas, escuchó por primera vez Sommetime a mi lado, hace más de veinte años, cantado por Frank Sinatra, como ahora lo escucha Angels, por primera vez, y mi imaginación va hacia el futuro: habrá una vez, seguramente habrá una vez, dentro de veinte años, cuando yo no exista, en que ella, en la butaca de una sala de conciertos, escuche, también, Sommetime, por una cantante que todavía no ha nacido, junto a la mujer que amará entonces, y que probablemente todavía tampoco ha nacido. Me pregunto si ella, tan discreta, pensará lo mismo. No: ese pensamiento la anegaría en llanto. Todos nos juntaremos, nos separaremos, moriremos, salvo Sommetime.
18 de mayo
En el interminable juicio a los acusados por la matanza del 11M que sigo por el diario con una especie de rara e incómoda inquietud, de pronto, hay un testimonio espeluznante: el de Laura, que entonces tenía 26 años, y quedó destrozada por las bombas. Sobrevive a duras penas: no puede moverse ni hablar. Le falta parte de la cara y respira por un tubo colocado en un agujero en la garganta. Su vida cambió radicalmente en un instante, y cambió para siempre. Confío en que nunca se haya hecho la pregunta endemoniada: ¿por qué yo?, aunque sé que para aceptar cualquier desgracia –una separación, la muerte, la tiranía, la enfermedad– hay que elaborar una explicación, hay que construir un relato. Ella tiene que escribir mentalmente una novela en la que el atentado y ser víctima tengan alguna clase de lógica interna. Por eso, el juicio tiene otro sentido, además de castigar a los culpables: distribuir roles, ver rostros de presuntos responsables, dar forma a la tragedia. Laura podrá pensar «ése fue uno de los hijos de puta que tramó el atentado», o podrá reflexionar sobre el fanatismo, o sobre la indefensión de los más débiles. Aun así, ¿qué sentido encontrará para ser víctima? Tomó el tren a la hora de siempre, podía haber esperado al siguiente, o no ir al trabajo… La novela organiza. No podríamos vivir sin grandes relatos, especialmente de las desgracias. Tolstoi: «todas las familias felices se parecen, en cambio, todas las desgraciadas son diferentes» (de Ana Karenina).
Es una pregunta que yo me hice de chica. A los once años, leí El diario de Ana Frank, que me conmovió hasta las lágrimas, a mí, que no lloraba nunca. De pronto, me hice la angustiosa pregunta: ¿Por qué Ana Frank padeció persecución por ser judía y murió, y yo no? Esa angustia tan honda necesitaba una explicación. Nadie me la dio. Ni mi madre, ni la maestra de la escuela. Nadie podía explicarme por qué yo era yo y Ana Frank había sido judía y perseguida. Entonces, sentí que no haber sido niña y judía en Alemania era un privilegio, y que yo debía devolver ese privilegio ayudando a los demás, confiriéndole un sentido. Sólo muchos años después, muchísimos años después, la ciencia descubrió que eso se llamaba empatía emocional y que es uno de los recursos de supervivencia de la especie.
Tiempo después, cuando yo, como Ana Frank, tuve que huir de la dictadura uruguaya, mis libros y la mención de mi nombre fueron prohibidos, me di cuenta de que el destino me había dado la respuesta: yo podía ser Ana Frank, como podía ser la Laura de los trenes del 11 M. Basta con ponerse en la piel del otro. Y comprendí cómo Laura puede, aun en medio de su infortunio, contar la novela: ella está viva, y otros murieron. Pensar en los muertos sirve para encontrar sentido a la supervivencia. (John Updike, un escritor admirable, acaba de publicar la novela Terrorista, un joven nacido en Estados Unidos de padres islamistas que se inmola por sus ideas religiosas: ponerse en la piel del enemigo, sano ejercicio de comprensión, de empatía; pero lo tendríamos que hacer todos, no unos pocos.)
2 de junio
Angels tiene una gran cantidad de sujetadores, de todos los colores: azules, negros, anaranjados, verdes, blancos, color carne, lisos y rayados, de encaje o de satin. Cuando aparece en la sala, vestida, luego del baño, con su hermosa cabellera rojiza mojada, me pregunta: «¿Qué sujetador llevo?» Yo cierro los ojos, me concentro, y digo: «El azul», o «El verde a rayas», o «El anaranjado». Nunca me equivoco. De veinticinco veces, sólo me he equivocado una, y porque no se había cambiado el sujetador. Estas dotes intuitivas no dejan de sorprenderme, aunque ha ocurrido tantas veces, a lo largo de mi vida. Cortázar y yo lo hablábamos a menudo. Ambos teníamos muchísima intuición, sabíamos leer los acontecimientos antes de que ocurrieran, pero mientras él lo tomaba con naturalidad, yo me resistía a aceptarlo, mi parte racional, cartesiana, tenía miedo del misterio, de lo intuitivo. Ahora suelo simplificar, diciendo «Voy cuatro rollos adelantada». Ni dos, ni tres. Cuatro. Borges lo dijo mejor: «Todo encuentro casual es una cita previa». Se sorprende, cuando adivino el color de su sujetador, y como es un poco suspicaz, simula que se enfada y me dice: «Me has espiado» o «Viste el sujetador colgado». No. No la he espiado nunca. Me basta con cerrar los ojos e imaginarla por dentro. A veces, también adivino el color de sus bragas. Esto sólo puede ocurrir en una relación intensamente simbiótica, de esas que no les gustan a los psicoanalistas. Le digo que no se lo cuente a nadie, aunque Angels, que es tan discreta, tan reservada, no lo contaría ni bajo tortura. A mí, que soy mucho más charlatana, me gustaría contárselo a todo el mundo como prueba de nuestro amor, pero he aprendido muy pocas cosas en la vida, desde la infancia, y una de ellas es que el amor provoca envidia. Tanto como la fama. Imagino lo que podría opinar alguno de mis psicoanalistas amigos: es una relación demasiado estrecha, demasiado íntima, especular. Dos narcisismos enlazados: ella sueña con ser en el futuro la escritora que yo soy, y yo reconozco en ella a la que fui, en la juventud. Sin embargo, a medida en que pasa el tiempo y nos conocemos mejor, el espejo se vuelve mucho más nítido, más preciso, y las imágenes que refleja no son las mismas, por lo cual comienza el verdadero amor, el amor a las diferencias.
17 de junio
En l962, el gran fotógrafo Bert Stern propuso a la revista Vogue una serie de fotografías de Marilyn Monroe, y ella, de manera excepcional, aceptó posar desnuda. Fueron más de 2500 fotografías; pero la revista las consideró demasiado «espontáneas» –eufemismo por atrevidas– y Bert Stern consiguió realizar una segunda serie, en la que la actriz posó vestida y maquillada. Marilyn murió la víspera de la publicación de las fotos en Vogue. Algunas de esas fotos pertenecen a la colección de Micaela y Leon Constantiner, de New York. Ahora, Random House Mondadori acaba de publicar un bellísimo libro, titulado La última sesión, donde se reproducen muchas de esas fotos, con un prólogo magnífico de Olivier Lorquin. ¿He dicho magnífico? Qué adjetivo más ridículo. El prólogo es completamente excepcional: consigue atrapar el secreto del atractivo de Marilyn, hace la disección enamorada de su panerotismo. Hay frases de una exactitud asombrosa. Por ejemplo: «Lo más sorprendente es esa promesa de felicidad que parece emanar de su persona. Es una especie de ídolo nimbado con un color sobrenatural, con los ojos a menudo entrecerrados, que se convierte para nosotros en lo que Circe fue para Ulises: una perpetua invitación al placer». Es el canon de belleza del siglo XX. “Sólo el cine puede pretender hoy reiventar el canon fluctuante de la belleza femenina en el mundo contemporáneo”.
En cuanto al diario de las sesiones fotográficas de Bert Stern, es otra joya literaria, no sólo porque, como ocurre con los grandes fotógrafos, una sesión es un acto amoroso, sino por la conciencia histórica que tenía de lo que estaba ocurriendo. «Hacer venir a Marilyn sola a una habitación, sin nadie más, y desnudarla. Nadie ha conseguido hacerla posar desnuda desde que Tom Kelley realizó sus famosas fotos de calendario. Lo que quiero es a Marilyn en estado puro». En las primeras fotos, sólo cubierta por un fular transparente con el que juega seductoramente, se aprecia una pequeña herida en el vientre de Marilyn, como un rasguño: la cicatriz de una operación de vesícula. Esa herida delgada y oscura sobre el dorado asombroso de su piel tiene algo de trágico, como si presagiara el final, la herida de soledad profunda que siempre llevó consigo desde la infancia y anticipó su muerte. No hay nada más solitario que ser deseada universalmente. ¿Qué puede desear quien es el objeto de deseo de todo el mundo, hombres y mujeres? Sólo puede experimentar un horrible hastío, y una gran ausencia de deseo como sujeto.
Entonces recuerdo que hace dos años, el Instituto Municipal del Libro del Ayuntamiento de Málaga me encargó escribir el prólogo para una deliciosa plaquette poética: nueve poemas escritos por Marilyn Monroe, traducidos por Jesús Aguado, cuyo fervor por la poesía y la edición son admirables. Yo comencé el prólogo diciendo: En realidad, Marilyn Monroe nunca escribió un poema. Porque Marilyn Monroe no existió (…): fue un invento de los estudios, un invento de Hollywood al servicio del imaginario colectivo; los hombres la deseaban y las mujeres la envidiaban. Nunca, antes, un cuerpo fue tan deseado, ni admirado, ni medido. Un sueño libidinal colectivo; sublime ambigüedad de su cuerpo: instrumento de su ascenso a la fama, y obstáculo para ser amada.
Ah, esa pequeña cicatriz, como la imperfección en la perla, que la hace vulnerable.
A mí no se me puede dejar sola con mis pensamientos.
29 de junio
Angels lleva cinco días en su pueblo, y el sábado, aburrida, decide ir al casino de Gandía, a jugar a la ruleta. Pero no es una verdadera jugadora, todavía: no juega sola. Necesita compañía para ir al casino. Me lo anuncia por teléfono: irá con un amigo y una amiga. Yo estoy en Barcelona, jugando, sin habérselo dicho, con la ruleta de Internet, de manera virtual, sin apostar verdaderamente. También en la ruleta virtual hay días buenos y malos. Parece que hoy es una buena tarde para mí, porque comencé con mil euros y ahora tengo dos mil quinientos. Al rato, Angels me llama por el móvil y me dice: «Decime números, che, voy perdiendo». Le pregunto cuál es el último que salió. Me dice el 26. Me concentro y le digo: 10, 13, 8, 26. En el pequeño casino las rondas son lentas, pasan más de diez minutos entre una y otra. Seguimos conectadas; escucho el rumor de los jugadores, y el novamás del croupier. Luego, un silencio que me resulta larguísimo, y después, la voz alborozada de Angels: «salió el 26», dice, contenta. «Decime los números, va», insiste. Y yo, que soy dócil a sus demandas, me concentro y le digo: «0, 2, 4, 10, 13 y negro». «Che, cómo me gusta esto», comenta Angels. «¿La ruleta?», le digo. «No. Estar conectadas de esta manera. Que me vayas diciendo los números, jugar juntas a la distancia», dice. Cumple escrupulosamente mis indicaciones. «Salió el cero, che», me transmite luego de un pequeño silencio. En la próxima ronda, no acierto: ha pasado demasiado tiempo entre una jugada y otra y he perdido concentración. Salió el 18. Entonces le digo: «Ahora apostá al 21, al 16, al 19, al 9 y al 12 y rojo». Sale el 16 y Angels da un gritito de alegría. Yo siento que estamos sincronizadas, como dos clepsidras unidas por un cordón umbilical. Como dos clítoris pegados. «Voy ganando más de trescientos euros», me dice, con el móvil en la oreja. Pero entonces se acerca uno de los empleados del casino y le advierte que no puede hablar por teléfono. Que si quiere hablar, salga de la sala. Angels no protesta, pero está fastidiada. Se resiste un poco. Una jugada más, y esta vez no acierto, porque la intrusión del empleado me ha perturbado. «Mandame los números por mensajito», me dice, pero, de esta manera, la conexión no funciona. Con el número escrito en la pequeña pantalla del móvil no me siento inspirada. Entonces, Angels se va del casino, refunfuñando porque le arruinaron la comunicación conmigo.
Yo quedo extenuada. El esfuerzo de hacerla ganar me ha agotado.
Cuando nos conocimos, en Córdoba, la primera noche, después de cenar, salimos a caminar por las estrechas calles de la ciudad de las almudenas, y de pronto, me dijo: «Llévame al casino, a la ruleta». Quedé sorprendida. ¿Estaba en Córdoba por primera vez en su joven vida de poeta y quería ir a un casino? Entonces, asumiendo la diferencia de edad, la reconvine. «¿Estás en una de las ciudades más hermosas del mundo y se te ocurre ir a jugar a la ruleta?» «No fui nunca al casino», me respondió, «me gustaría ir contigo». Me di cuenta de que había leído mi novela La última noche de Dostoievski. Es así: de pronto, me encuentro con alguien que sabe demasiadas cosas de mí sólo porque me ha leído bien.
Joan Barril me invita a su programa de libros en Barcelona Televisión, para hablar de Cuentos reunidos y de Habitación de hotel. Es un buen programa de libros, y ambos nos apreciamos cordialmente, aunque nunca nos hemos tomado un café juntos: pero hemos colaborado en los mismos periódicos y coincidido en la radio muchas veces. El programa se graba por la mañana, se emitirá a la noche y se repetirá el sábado. Joan sabe de memoria algunos de mis poemas, y recita uno de la serie Barnanit, de Estrategias del deseo. La palabra no existe, me la inventé: una bonita combinación entre Barna, diminutivo de Barcelona, y nit, en catalán, noche. Le cuento que he necesitado más de treinta años de vivir en esta ciudad para sentirme capaz de escribir poemas sobre ella. Entonces, me mira con sus ojos brillantes, tiernos e inteligentes y me dice: «Ya eres una barcelonesa más, vas a tener una plaza o una calle con tu nombre en esta ciudad». El comentario me sorprende y me deja desconcertada durante unos segundos. ¿De modo que un catalán auténtico, de raigambre, me considera una catalana? ¿Y mi sentimiento de exclusión? ¿Y mi sentimiento de no pertenecer a esta ciudad, de vivir al margen? Cuidado conmigo: no tengo verdaderamente una patria, mi patria es el mundo.
Cuando regreso a casa, busco una especie de diario que llevé durante los años de exilio; al cabo de un rato de lectura, encuentro este fragmento, escrito en l982, dos años antes de la caída de la dictadura de Uruguay, caída a la que contribuí con todas mis fuerzas y desarrollando una actividad pública y política importante. «Mientras sufro y extraño por no estar en Montevideo, por estar separada de mis amigos, de mi madre, por no dar clases en la Universidad, participo activamente en la vida española, escribo artículos sobre la situación social, política y cultural de este país, doy conferencias por sus diferentes ciudades, me integro activamente. Sin embargo, creo que no lo hago. Esta esquizofrenia es fruto de esa doblez, de esa doble participación: dirijo un comité de exiliados uruguayos y al mismo tiempo, milito en el Partido Socialista Español, escribo poemas sobre Montevideo y artículos sobre la Fundación Joan Miró o sobre la prostitución en las calles de Barcelona».
No era esquizofrenia: en verdad, durante muchísimos años, pertenecí a dos mundos, y no por voluntad propia, por el exilio; y haber sabido vivir en Barcelona sin cortar los lazos con Uruguay no es esquizofrenia, es capacidad de amar cosas diferentes. Amar dos cosas no es estar loca, es tener mucho amor.
Confronto la sensación interna de sentirme excluida en esta ciudad con el comentario de Joan Barril y me pregunto si la sensación de exclusión no es un instrumento literario, un exilio voluntario al que no renuncio porque está íntimamente ligado a la escritura.
Cuando se lo comento a Angels, que no ha nacido en Barcelona, pero estudia en la Universidad Central de esta ciudad, me dice: «Desde que te conozco, para mí Barcelona eres tú. Me moriría si tuviera que vivir aquí sin ti».
2 de julio
Jesús Aguado me envía el bellísimo libro Mujeres que sueñan, una edición amorosamente cuidada, donde varias escritoras (Chantal Maillard, Olvido García Valdés, Clara Janés, Luisa Castro, Elsa López, Juliz Otxoa, Marifé Santiago, Mercedes Escolano, y yo, entre otras) escribimos un sueño. El libro empieza con un largo sueño que tuve, completamente simbólico. Es una pesadilla repetitiva, y cada vez que la sueño, soy consciente de que la he soñado otras veces, con pequeñas modificaciones. Lo leo como si fuera la primera vez, porque se lo envié hace tiempo al editor, y entretanto, al formatear el ordenador, la informática se cargó todos mis documentos. No pude recuperar más que una parte del material que había almacenado (todo lo que he escrito en los últimos ocho años); la parte que había reproducido en un disco de resguardo. Faltaban los ocho últimos meses, en los que había comenzado a escribir una novela que me gustaba mucho y este diario para Angels. La fácil interpretación de que la informática cometió un acto fallido al borrar todo lo que yo había escrito en los últimos ocho meses, por celos, no me intensa, es demasiado obvia. Sin embargo, no podemos dejar de pensar algunas cosas porque sean obvias. Haber perdido todo lo que había escrito en esos ocho meses, especialmente las primeras ochenta páginas de la novela, que eran definitivas, me deprimió muchísimo. Estaba triste y lúgubre, desencantada. Sabía que no podía recuperar lo escrito a través de la memoria: escribo al dictado del inconsciente, y nunca puedo retener una sola línea. Como ante cualquier pérdida, tuve que esperar que pasara el tiempo, única manera de cicatrizar la herida. Fue un período penoso. Me resistía a escribir cualquier otra cosa, me castigaba a mí misma por haber sido tan descuidada de no haber respaldado esos ocho meses, en los que varias veces pensé que debía hacerlo, pero alegremente me entregué al destino. La experiencia de que cada vez que dejo las cosas entregadas al destino las pierdo no me sirve de nada. Como soy una jugadora, confío en que habrá una vez en que el destino me favorecerá. «Ayuda a la buena suerte», dice el buen jugador
Este diario para Angels ha sido la única manera de reconciliarme con la literatura, después de la pérdida.
Elizabeth Bishop escribió un hermoso poema, El arte de la pérdida, que he citado alguna vez. Perder es un arte y saber perder es una prueba de inteligencia. Consiste en tener paciencia, en no echarle la culpa a nadie, ni siquiera a sí mismo y en esperar, otro arte difícil. Si se sabe esperar, todo llega. Camilo José Cela, escritor por el que nunca he sentido la menor simpatía, dijo una vez que en España para triunfar hay que resistir. Lo decía por experiencia. Sé lo significaba para él el triunfo: exactamente lo que tuvo, premios literarios, dinero, incluido el Nobel. Aquella foto indigna que publicaron las revistas del corazón de Cela con la chaqueta de esmoquin y en calzoncillos, mientras su esposa le abrochaba los gemelos. No recorté la foto, pero no la olvido nunca. ¿Alguien puede imaginarse a Jean Paul Sartre con chaqueta de esmoquin y calzoncillos, mientras Simone de Beauvoir, vestida de largo y de lamé le ajusta los gemelos? El desprecio que existe en España por Sartre y Simone de Beauvoir es fruto de no haberlos leído en su momento (estaban prohibidos por el franquismo, naturalmente), por lo cual no recibieron su influencia, pero sí leyeron, en cambio, las críticas posteriores de la intelectualidad francesa. Creo que la fórmula amorosa de Sartre y de Simone de Beauvoir escandalizó a los españoles, tan apegados al concepto de familia tradicional. La fórmula hispana era matrimonio indisoluble y queridas a escondidas. Les parecía más decente que la fórmula de Sartre y de Beauvoir, que compartían las amantes y se lo contaban todo. Hay una gran diferencia; la fórmula española tiene una gran antigüedad, viene de la Edad Media, en cambio, la francesa era de vanguardia. Veinte años después, las cosas han cambiado, y ahora España está a la vanguardia en costumbres: matrimonios y adopciones homosexuales y cambio de sexo pagado por la Seguridad Social; no ha sido un regalo de ningún gobierno. Ha sido la lucha de muchísimas personas, hombres y mujeres, con una gran energía, y dispuestas a cambiar si no el mundo, la pequeña parte del mundo en que vivimos.
Hay dos cosas que detesto: que me corrijan los manuscritos los amanuenses de las editoriales (cuando escribo quizás quiero escribir quizás, y no quizá) y que me corrija el ordenador, que cuando escribo Sartre pone Sastre.
Célica y yo vamos a almorzar juntas a un restaurante uruguayo, El Pampero. Le recuerdo algunas estrofas del Himno a la bandera de nuestra infancia: «Si el pampero la acaricia / la acaricia / o más allá se pone el sol / se pone el sol». El pampero es un viento muy fuerte, seco, que viene de la Pampa argentina. En Catalunya, el equivalente sería la tramontana. En cada país, en cada región hay un anecdotario sobre los vientos que resume la sabiduría popular: no hay ningún viento inocente. Todos provocan algún cambio en el estado de ánimo. El pampero y la tramontana me ponen muy nerviosa, inquieta, alterada. En cambio, en Cádiz, el Levante me aplana, me tumba, me desgana y me hace latir las sienes.
La dueña del restaurante no está; tenía unos cuarenta años, era guapa, inteligente, le gustaba leer y escribir. En su lugar, hay un colombiano robusto, con rasgos indígenas y modales torpes.
Célica (uruguaya, exiliada el mismo mes y año que yo) hace un cometario despectivo: «Estos indígenas sin educación que ahora están en todos los restaurantes de Barcelona, yo no los aguanto, si pago es para que me atiendan bien». Quedo sorprendida. En primer lugar, voy a pagar yo. Inmediatamente, le recuerdo que ella también es emigrante, aunque completamente rubia y de ojos celestes. ¿No recuerda el trato despectivo que recibimos cuando llegamos y decíamos que éramos uruguayas? Pero en Uruguay no hay indígenas, es verdad, fueron exterminados. Todos descendemos de españoles, de italianos o de centroeuropeos. Y un indio boliviano o colombiano nos parece de otra raza. ¿Ya ha contraído el sentimiento europeo de superioridad? Le recuerdo que para los europeos (es decir, los franceses, los alemanes, los ingleses y pocos más) los españoles no eran muy europeos que digamos, hasta la fundación de la Comunidad Europea.
Alguien me envía por e-mail este texto de Roberto Bolaño, de su libro La Universidad Desconocida:
Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad
también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik,
Seix Barral, Destino... Todas las editoriales... Todos los
lectores...
Todos los gerentes de ventas...
Bajo un puente, mientras llueve, una oportunidad de oro
para verme a mí mismo:
como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo.
Escribiendo poesía en el país de los imbéciles.
Escribiendo con mi hijo en las rodillas.
Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo.
Octubre de 1990
Ahora que ha muerto las revistas literarias le dedican páginas enteras, portadas y alabanzas por doquier: durante muchísimos años, vivió en la mayor de la pobreza, era el sudaca inédito.
Escribir como Bolaño, como yo, como los escritores latinoamericanos es una manera de ser, dicho de otro modo, una forma de romanticismo. En La Bohème, en el primer acto, cuando Mimí se encuentra con Alfredo en una friísima noche parisina, sin nada con qué encender la estufa, ella le pregunta quién es. Él responde: soy un poeta, y como vivo, escribo. O viceversa, da lo mismo: la identificación entre vida y literatura es el espíritu romántico. Nada que ver con la industria editorial, la que quiere publicar best sellers y ganar con cada libro. La adecuación a este afán de lucro también la están experimentando algunos que escriben sólo para vender, para intentar convertir su libro en un best seller. No hay que echarle toda la culpa a Umberto Eco y sus novelas; en este cambio de sensibilidad hay muchos responsables: en primer lugar, los empresarios, en segundo, los gerentes de las editoriales y los directores, que no quieren perder su buen sueldo y sus vacaciones pagadas. Los únicos que corren riesgo en el mundo editorial somos los escritores. No leí las novelas de Umberto Eco: alguien que no tiene nada que decirme acerca de la contemporaneidad, no me interesa. En cambio, he leído desde los años setenta sus ensayos. En una entrevista que leí hace tiempo confesó: «después de los cincuenta años, cuando los hijos están criados, uno huye con una corista a Las Bahamas o escribe una novela de éxito». Como estaba demasiado gordo, optó por lo segundo. Gordo y antiguo: ya ningún hombre huye con una corista. No necesitan huir, pueden ir a Bailén 22 (sede del mayor y más completo prostíbulo barcelonés; todo tipo de especialidades, desde mujeres embarazadas de seis meses a adolescentes vírgenes).