Alfredo se levanta, se ducha y piensa en llegar temprano a misa de diez. Mientras camina por la calle mira el reloj.
Es un domingo soleado. Cuando llega a la iglesia, se le viene el alma al suelo. Hay racimos humanos en la vereda, las puertas están rebosando de gente.
Se queda de pie en la puerta, atisbando, pensando en cómo abrirse paso. Mira de lejos las ventanas multicolores, el altar inmaculado, la alfombra roja. De pronto se hace un silencio, las miradas se vuelven hacia delante. El sacerdote acaba de salir.
Hay cánticos y cuerdas de guitarra. Alfredo apenas puede verlo entre los hombros de la gente. Es el padre Alberto.
La ansiedad es un escalofrío en la espalda. Da un paso hacia delante. Ir a misa a las diez los domingos es el momento estelar de su semana. Tiene tantas ganas de entrar, de arrodillarse, de sentir la ceremonia. Si llega a una puerta lateral, va a estar más cerca del altar. Si llega allí, puede sentarse. Puede hacerlo. Pero para llegar allí, necesita caminar sobre el muro de la terraza exterior y por allí a la puerta de columnas para buscar un sitio en la primera fila.
Pero hay demasiada gente. Hace falta abrirse paso y dar el salto hasta el muro. No es tan fácil para alguien como él. La música de voces y guitarras continúa.
En ese momento Alfredo quisiera haber adelgazado, haber hecho más deporte, haber sido otro. Se sostiene con las dos manos, da un salto y logra subir al muro. Se queda de pie, allí arriba, convertido en un emperador incierto y tambaleante, por encima del grupo de parroquianos. De pronto los ve a todos como a una gran distancia. Hace equilibrio, se balancea por un instante eterno, asomado al vértigo. Siente que el peso de su cuerpo se extiende delante de él, que el mundo se ha extenuado, que de pronto ha dado una gran vuelta hacia abajo, y que él va cayendo sobre la yerba. La alfombra verde estalla en su cara y una vez en el suelo, con el estupor del golpe, recibe la aterradora certeza de su cuerpo. Se queda echado, avergonzado de las personas que voltean hacia él, tratando de descansar en el cuello y los hombros, las únicas partes que no le duelen. Una corriente lo abruma desde el pie izquierdo. Ahoga un aullido. De pronto siente una voz. Qué ha pasado, qué pasó. Alguien lo está levantando. Alfredo no puede sostener el pie. Se apoya en los brazos del otro, siente que ha empezado a remolcar su pierna, que es sólo el dolor en el tobillo.
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