Vera había pasado toda la noche corrigiendo las lecciones de su marido, y a la mañana siguiente se sentía cansada, con la mente borrosa. Se encontraba de pie en la cocina, pensando que hacer de comer. En el jardín, Vladimir trabajaba en sus clases de literatura europea, que el verano anterior había empezado a impartir en la Universidad de Cornell, donde era profesor agregado de literatura eslava. Encima de un montón de papeles descansaba
Mansfield Park, de Jane Austen, una novela que le parecía anticuada, pero que había decido introducir en su curso de novelística europea por sugerencia de Edmund Wilson, así como
Casa desolada, de Charles Dickens, y
Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Vladimir cogió este último libro y buscó entre sus páginas las anotaciones que había hecho en los márgenes, frunciendo el ceño a medida que se concentraba en el trabajo. ¿Novela realista o naturalista? No lo sabía. Era una novela en la que abundaban los detalles inverosímiles. Una novela en la que un marido joven y saludable no se despertaba jamás en la noche para encontrar la cama vacía, ni oía nunca la arena y los guijarros que el amante de su mujer Emma arrojaba a la contraventana, ni siquiera recibía una carta anónima de algún vecino cotilla. Otra cosa que no entendía era por qué Charles Bovary, que tenía todo el derecho de culpar a Rodolphe del suicidio de Emma, cuando se encuentra con él le dice: “No le culpo, hay que culpar al destino”.
Vladimir dejó el cuaderno que había empezado a llenar de apuntes esa mañana y cogió la red para cazar mariposas que estaba tirada en el suelo. Se encaminó a los macizos de flores y golpeó entre las ramas. De entre el follaje salió un chico de unos dieciséis años; tenía el pelo rojo, unos grandes ojos azules y una constelación de pecas. Vladimir pensó en una ilustración de Tom Sawyer que había visto en la portada del libro de Mark Twain que Vera había prohibido a su hijo Dimitri que leyera porque
Tom Sawyer era “un libro indecente”. El muchacho llevaba colgada del hombro una mochila desgastada, cuyo contenido había comenzado a salirse por debajo. Dos libros desarmados por la lectura cayeron a sus pies. Vladimir reconoció uno enseguida, porque lo había escrito él:
La verdadera vida de Sebastián Knight.
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