Tumbado en su sillón de cuero bordó miraba con indiferencia la pantalla del televisor. Algunos insectos revoloteaban cerca del aparato y otros golpeaban contra el vidrio luminoso. El codo izquierdo del hombre, cincuentón, descansaba en el apoyabrazos y, un poco más abajo, su dedo pulgar se enganchaba en una de las presillas del pantalón. Con los otros dedos tamborileaba sobre su muslo siguiendo el ritmo del ventilador de techo. El viento le daba en el centro de la calva, y los pocos cabellos que le quedaban a los lados de la cabeza, muy espaciados, opacos y débiles, se agitaban sin dirección. Como si lo estuviese haciendo con un viejo y perezoso gato siamés, con la mano derecha se acariciaba la corbata que respetaba demasiado fielmente los accidentes geográficos cada vez más acentuados de su cuerpo. Desde el pecho: uno, dos, tres cerros y la colina mayor de su barriga que se continuaba un poco más allá de la hebilla del cinturón y que formaba una ladera algo confusa e indiscreta.
Luego de dar un rodeo, su hija le había servido el trago de rigor -ése que cada noche los hacía sentir comunicados aunque no hablasen- y le había insinuado ver -¡otra vez!- el video de su fiesta de quince. Efectivamente él había aceptado y allí estaban, sentados en el sillón hacía más de una hora, viendo gente besándose, gente bailando, gente comiendo, gente embriagada, toda gente avergonzada por la presencia de la cámara, haciendo gestos artificiales y exagerados para disimular la timidez y, por lo mismo, quedando humillantemente ridículos.
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