Primero le cuento qué pasó. Luego, si quiere, puede detenerme. Eso sí, de ella no sé absolutamente nada.
Dormitaba en el sofá, arrullado por la música entre los surcos de vinilo de Kind of Blue, Miles Davis, Bill Evans, John Coltrane, Paul Chambers, Wynton Kelly, Jimmy Cobb y Cannonball Adderley, que provenían cálidos de mi viejo gramófono. La lluvia seguía deslizándose por los cristales, golpeándolos en un suave redoble frío. La noche permanecía enquistada y silenciosa tras la ventana.
El timbre del teléfono interrumpió el final de un solo de Coltrane, algo rayado por el polvo y una vieja pelea entre la que el vinilo se había interpuesto. Alargué la mano, aparté el vaso vacío de whisky y el paquete de cigarrillos abierto, y descolgué.
Al otro lado había una voz de mujer que sollozaba nerviosa.
Apenas distinguí, entre hipos y llanto, lo que se proponía decirme: «Hay un hombre muerto en una de las salas del museo de pintura de Cayo Virginia». No dijo nada más.
De nuevo, un anónimo que llamaba para avisar de un crimen, y ya era el tercero en aquella semana. Me citó en el aparcamiento de la estación de Sandspur Road. Aquello me dio mala espina. Sabía que desde lo de Jacksonville había gente dispuesta a vengarse.
A aquella hora de la noche no podía llamar a la agencia para confirmar o desmentir nada. De modo que decidí jugármela e ir al encuentro de aquella desconocida en la estación de trenes de Sandspur Road. Le dije que iba para allá inmediatamente. Siguió sollozando. Colgué.
El caso es que su voz, o tal vez su llanto, me resultaban vagamente familiares, y mientras tomaba una ducha rápida antes de salir traté de recordar el lugar exacto donde la había oído. Llegué a la conclusión de que el llanto deformaba demasiado la voz y, aunque yo sea un músico frustrado y un detective en activo, no llego a tanto en mis pesquisas sonoras. Salí de la ducha.
Apagué el gramófono. La música fue bajando de revoluciones, como si se derritiera, hasta que el disco se detuvo.
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