En un cine de Barcelona que hoy no existe vi Supermán por primera vez. Yo tenía ocho años, me llamaba Lolita Bosch y fui al estreno de la película con mi familia. Entré al cine con una ristra de caramelos de coca cola y sidral, un par de chocolatinas de toffee y una botella de trinaranjus de limón. Pero recuerdo, más que la emoción del estreno, las golosinas de los cines de antes y la expectación de la sala, el impacto profundo que me produjeron Supermán y Louise Lane.
Aunque lo confundo todo con el volumen de la música.
Quise repetirlo. Siempre he querido volver a aquel momento. Y sólo sé hacerlo cantando: a gritos. Canto la canción de Supermán siempre que está a punto de suceder algo divertido, cuando estoy alimentando a un niño harto de comer, cuando me acerco a hacer cosquillas. Y no obstante hace un par de años se remasterizó Supermán y pude ir de nuevo al estreno. Fue en un cine de Barcelona que cuando yo era pequeña no existía, y en esta ocasión iba con una familia que no era la mía y una niña que no era yo: mi amiga Laura, hija de mi amigo Narcís. Ya no existían las ristras de caramelos de coca cola y sidral. Y los niños de ahora ya no comen toffee ni beben trinaranjus. Pero, como en aquella primera ocasión, cuando remasterizaron Supermán volvimos al cine y esperamos a ver si sucedían cosas parecidas a las cosas que sucedieron antes.
Porque la primera vez que vi la película yo tenía ocho años y me llamaba Lolita Bosch, como hoy. Vivía en el tercero segunda de un edificio del barrio de San Gervasio de Barcelona y me sentí muy impactada por tres cosas: la capa mágica de Supermán, sus botas rojas y el trabajo de Louise Lane. Su curiosidad insaciable, su libretita de apuntes, sus prisas. Y desde entonces quise ser un poco de todo aquello y sólo se me ocurrió un modo de conseguirlo: volar, alcanzar el volumen de la música de la película y, como Supermán y Louise, emprender el vuelo.
De modo que hace un par de años, cuando remasterizaron la película y entré en una sala que antes no existía, se me ocurrió pensar que al volver a escuchar la música en el cine sin duda sucedería algo. Y cuando comenzó la sesión le susurré con emoción infantil a mi amigo Narcís: ¿te acuerdas de antes? Y antes, a Narcís, se lo dice todo. Porque somos amigos desde siempre. Tanto, que casi podríamos haber visto juntos Supermán la primera vez. Aunque yo en aquella ocasión fuera al cine con mi familia y no con la suya.
Y sin embargo, desde entonces, gritamos juntos la música de la película cada vez que queremos volar. Y supongo que él también la canta sin mí cuando está solo.
Así que camino al cine, Narcís y yo gritábamos la canción de Supermán y yo quise contarle a su hija Laura el impacto que sentí la primera vez que vi la película:
fue maravilloso.
¿Por qué?, preguntó ella.
No sé: la capa, las botas rojas, el trabajo de Louise Lane, la libreta de notas, las prisas…
Lolita siempre ha querido ser Louise Lane, dijo Narcís.
Y él, Laura y yo nos reímos un poco. Luego gritamos los tres juntos la canción de Supermán y Laura también aprendió a volar.
Entonces, con el trasfondo de la música que cantaba con intriga mi amigo Narcís, decidí contarle esto a su hija:
Dos días después de haber visto la película por primera vez, encontré una noticia en un periódico que decía: «Supermán está creando alarma entre los padres. Ayer por la mañana una niña que había ido al estreno con su familia la tarde anterior murió al saltar del balcón de un tercer piso con unas botas de agua rojas y una tela anudada al cuello en forma de capa. Se llamaba Lolita Bosch, tenía ocho años y vivía en el barrio de San Gervasio de Barcelona».
¡Va!, se rió Laura, esto es imposible.
Pero Narcís dejó de cantar, aterrizó de inmediato y me preguntó: ¿tienes el recorte de prensa guardado?
No, he ido varias veces a la hemeroteca pero no puedo recordar el periódico ni el día.
Y como vio que su padre me creía, Laura hizo un suspiró y exclamó: ¡me hubiera encantado leerlo!
Y Narcís dijo: y a mí guardarlo.
Uf, dije yo, pues a mí lo que más me hubiera gustado es ser Louise Lane y escribirlo.
¿Y lo escribirás ahora?
No sé, respondo.
Y luego los tres entramos al cine volando.