Llegué cuando Catalina ya tenía los boletos. Me esperaba a las puertas del cine con una ansiedad casi infantil, tanta que ni siquiera pidió palomitas, como era su costumbre, y pasó directo a la sala para agarrar buenos asientos.
Se apagaron las luces, comenzaron los trailers. Todos eran adelantos de superproducciones de temas épicos. Héroes griegos, naciones nacientes, recorridos inconcebibles. Acabaron, finalmente, y apareció el logo de la compañía productora o distribuidora de la película que íbamos a ver. Y luego silencio. Y luego nada. O más bien: luz blanca, absorta, como caída sobre el lienzo abotagado. Pensé que algo sucedería a muy inmediata continuación: que aparecería Dios, o un médico extrayendo al espectador del vientre materno, o un efecto de parpadeo seguido de «¡Está moviendo los ojos!».
Mas la pantalla persistió en su brillo irreflexivo por dos, tres, cuatro minutos, hasta que me pareció demasiado inclusive para ser original, y me decidí a silbar mi descontento, tal vez a gritar un bien ganado insulto al cácaro; sin embargo, cuando ya me volvía hacia el cuarto de proyección, Catalina me enterró las uñas. La miré. No desviaba los ojos de la incandescencia al frente; los desviaba sobre ella, como si persiguiera alguna perturbación cromática. Estaba a punto de preguntarle ¿qué? cuando volvió a enterrarme las uñas, al tiempo que la sala entera pegaba un brinco.
Oteé en redondo. El respetable estaba, como dicen, al filo de la butaca, excitadísimo. Coreaba: ¡Aaaah! Coreaba: ¡Ooooh! Algunos inclusive se tapaban ora y ora los ojos. Volví a mirar la pantalla. El mismo resplandor, la misma nada dispéptica.
Tampoco escuchaba sonido alguno, pero los espectadores continuaban retorciéndose en sus asientos a un ritmo coherente, eran llevados de la mano por un derrotero sin desviaciones, estaban aprehendidos y agitados.
Hacia los ochenta minutos, Catalina lloró. Un cuarto de hora después todos los cuellos se estiraron como si el mundo se les viniera sobre los rostros y a un breve rapto de asombro siguió una generalizada cara de satisfacción. La película había terminado. Sentí a Catalina recargarse sobre mi hombro mientras me acariciaba el dorso de la mano que antes me había hendido.
[...]