Apremiado por sus hormonas y por su escaso sentido de la realidad, Sotanovsky comenzó a viajar, cada fin de semana, hasta una ciudad distante para cortejar a una señorita inalcanzable. Sus amigos objetaban la nula eficacia de estos desplazamientos, pero él imponía la lógica argumentando que lo inútil hubiera sido viajar hasta una ciudad inalcanzable para cortejar a una señorita lejana:
—A la ciudad, tardo, pero llego —razonaba.
Y sus amigos dejaban de poner objeciones.
Y de ser sus amigos.
Al principio, esas horas en autocar le servían para alimentar la impaciencia por verla. Cuando el conductor adelantaba a otro vehículo, Sotanovsky aplaudía y lo alentaba con gritos de guerra. Cuando frenaba porque la densidad del tráfico lo imponía, Sotanovsky lloraba amargamente. Y cada vez que un semáforo detenía la marcha del vehículo, acusaba al chófer de cobardía por someterse a lo que el denominaba «la dictadura tricolor».Tales afirmaciones acabaron por llamar la atención de las autoridades, y pronto se agotaron las plazas del autocar en el que semanalmente viajaba Sotanovsky, debido a la demanda de pasajes por parte de funcionarios de los diferentes cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que deseaban recabar más detalles sobre las actividades del presunto subversivo. Pese a que esos agentes secretos se conocían desde tiempo atrás, disimulaban en cumplimiento de las normas del servicio. Y como en ese mundillo todos se identifican mediante cifras, se producía una confusión considerable con los números de los asientos. Pero no todo fueron problemas y, acunados por el vaivén de los baches, surgió el amor entre el número 25 (asiento 26) y la agente 26 (asiento 25), que meses después fructificó en un rotundo bebé al que llamaron 51. El propio Sotanovsky organizó entre los pasajeros la colecta para comprar un regalo para el pequeño espía, que tuvo así sus primeras gafas oscuras, su primer micrófono oculto y su primera porra decorada con la cara del Pato Donald.
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