—Piensa que le bailas al sol.
El sonido de la zapatilla deslizándose por el suelo es tan leve y tan suave que no hay una definición exacta para esa sensación. Continua, puede ser la palabra. Catrusia sonríe segura de sí misma, saltarina. La música fluye; las cadencias marcan la pauta para el grupo. El peligro está en el accidente provocado, en la atinada envidia, en los ojos que siguen atentos el error. Las niñas son todas blancas, haciendo caso omiso al sol que las abrasa; Catrusia se muerde un labio y una cara se frunce. Fundido en negro.
Antes de salir, hace solo un instante, Catrusia lloraba amargamente: la soledad la inundaba. El espectáculo estaba por comenzar, el sacrificio se acercaba y ella aún no estaba preparada, no terminaba de purificarse. Su mente era algo poco lineal en ese momento: Alban Berg como música incidental.
zapatos de madera ríen de mí y hago el ridículo ridículo mas nunca vuelves a ofrecerte al dios si te equivocas malucas todas no apoyan una pierna sobre otra hay mucha gente sentada recibiendo al dios caluroso preciso practicar treinta segundos antes decir oración no recordada adelante atrás doble giro mano levantada sonrisa de ninfa no morder labio y mirar lascivo pierna adolorida reanimada con pomadas y un poco de masaje de mi amiga recordar posición segunda y quinta para el perdón de los pecados de Degas por los siglos de los siglos, amén
Su turno estaba cerca.
—Piensa que le bailas al sol —cara asustada. Voz en off, gente sentada mirando el espectáculo—.
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