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Número 17. Primavera 2009
El hombre del traje gris
Sloan Wilson

Llevaban siete años viviendo en su casita de Greentree Avenue, en Westport, Connecticut, y ya la detestaban. Y ello por varias razones, ninguna de ellas lógica, pero todas imperiosas. En primer lugar, la casa poseía una especie de talento maligno para ofrecer prue­bas de sus deficiencias y borrar todo rastro de sus bue­nas cualidades. El descuidado césped y los hierbajos que llenaban el jardín pregonaban a los transeúntes que Thomas R. Rath y su familia no eran de los que disfrutaban «arreglando la casa» ni podían pagar a otra per­sona para que lo hiciera por ellos. El interior de la casa tenía un espíritu más vengativo todavía. En la sala, cerca del suelo, el yeso del revocado presentaba una enorme desconchadura que ascendía adoptando la forma de un signo de interrogación. A la pared el mal le venía del otoño de 1952, cuando después de bregar durante meses para pagar facturas atrasadas, Tom llegó a casa una noche y se encontró con que Betsy había pagado cuarenta dólares por un jarrón de cristal tallado. Aquellos despilfarros eran totalmente impropios de Betsy; de la guerra a esta parte, por lo menos. Betsy era un ama de casa sensata. Y cuando hacía algo que a Tom no le gustaba, solían discutir la cuestión cuidadosa y razonablemen­te. Pero precisamente aquella noche Tom estaba can­sado y preocupado porque él, por su parte, acababa de gastarse setenta dólares en un traje nuevo que creía necesitar para vestir de acuerdo con las exigencias de su profesión, y en el momento culminante de una discusión acalorada, levantó el jarrón y lo arrojó contra la pared. El grueso cristal se hizo añicos, el yeso se desprendió y dos de los listones que cubría se rompieron. A la mañana siguiente, Tom y Betsy, de rodillas, se afanaron a revocar la grieta y luego repintaron toda la pared; pero cuando la pintura estuvo seca la gran escotadura junto al suelo quedó perfectamente visible, y arrancando de ella el trozo curvado que subía casi hasta el techo dibujaba un signo de interrogación. A Tom y Betsy que la desconchadura tuviera aquella forma no les pareció simbólico, ni siquiera divertido, sino sencillamente enojoso.

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