Mi biblioteca no es excepcional, aunque tiene su punto. No contiene tablillas sumerias, ni sellos semíticos antiguos, ni bellos códices de papiro o de piel. No. (Pero ya me gustaría a mí.) Mi biblioteca debería ser un bello espacio de altos techos, revestido de madera, con estantes donde los libros resbalaran suavemente, acariciando los anaqueles como la yema de un dedo femenino que coquetea con el pecho de su amante. Pero nada. Mi biblioteca ha estado durante años —en los que aproveché para trasladarme de un sitio a otro, hasta que llegué a un punto que me hizo sospechar que mi vida parecía una canción country, como suele decirse—, ha estado, repito, recogida en cajas de cartón medio podridas, que mi madre almacenaba por mí en un sótano, guiada por una mezcla de suspicacia y compasión maternal.
Un buen día recalé en Madrid y me alojé en una de esas «soluciones habitacionales» de ministerio. «Ésta», me dije a mí misma con una convicción que me pareció puro lirismo, «deberá ser mi casa para mucho, mucho tiempo». Mis libros dormían en sus cajas. Yo iba añadiendo más cajas cada cierto tiempo. Un par de ellas al mes. O cinco, o diez. Todos los libros revueltos, ordenados por tamaño, no por autores o géneros. Y del orden alfabético ya ni hablamos. La única regla para llenar una caja con libros era: que quepan dentro. Los cómics se mezclaban con las églogas —por cierto: ¿por qué ya nadie escribe églogas?—, la novela con los sonetos —sí: todavía mucha gente escribe sonetos hoy día—, la meditación filosófica con el último best-seller de Thomas Harris (nunca he tenido prejuicios a la hora de leer). He ido acumulando libros de todo tipo, soy una lectora omnívora. Novelas caballerescas compradas en libreros de viejo. Clásicos. Tragedias que podrían tomarse por comedias (tan trágicas son). Obras dramáticas que jamás nadie representó. Libros juveniles del xixy de todo el siglo xx. Obras religiosas. Tuve una temporada en que me dio por adquirir libros religiosos. No los leí todos, claro, pero me pareció bastante sospechoso que una atea confesa como yo sintiera un impulso así, totalmente incontenible. Poesía en varios idiomas (muchos de los cuales no podría leer ni aunque aprendiera el idioma)…
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