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Número 17. Primavera 2009
(Preestreno) Dejé a las suecas atadas a un poste y me fui a comer
Luis García Berlanga

(Luis García Berlanga conversa con David Barba)

Algunos maliciosos piensan que el amor que le tengo al calzado me convierte en un pervertido. Lo que pasa es que este país trata mal a los aficionados al fetichismo. Tan sólo es una pulsión esteticista que no hace daño a nadie. Más bien al contrario: existe un Premio Berlanga a la mujer mejor calzada de España. Se lo hemos dado a gente como Paz Vega, que tiene una zapatería en Madrid y es una fanática de los zapatos de tacón. De todas formas, mi fetichismo no se limita a los zapatos, también me gustan las medias y los ligueros. Las mujeres me gustan más de ombligo para abajo. De tetas para arriba ya no me entusiasman tanto. Yo, hacia el ombligo, termino la excitación. Y me encanta el mundo objetual, tanto o más que el cuerpo. Estas cosas les hacen pensar a muchos que soy un guarro, pero si le echamos un vistazo a las estadísticas del doctor Albert Kinsey, autor del famoso Informe Kinsey, vemos que el objeto fetichista más recurrente es el zapato. ¡Y yo que pensaba que era algo minoritario! Las bragas también son un objeto fetichista recurrente, creo que el único que supera a los zapatos en adeptos. Pero aún hay muchos maliciosos que piensan que todo esto es una enfermedad. A pesar de todo, ahora me resulta más fácil colmar mi amor por los tacones que durante el franquismo. Hay que aclarar que, en los tiempos de Franco, el sexo también existía, contrariamente a lo que piensan algunos bienpensantes de ahora, que creen que fue inventado durante la Transición. De vez en cuando, hasta se ligaba con alguna señorita que te permitía admirar sus tacones o levantarle la falda.

Yo no sé de dónde me viene esta pulsión erótica, pero es muy probable que mi madre tenga alguna responsabilidad en ella. Cuando era niño, se reunía con sus amigas alrededor de una mesa camilla. Yo me escondía debajo y me pasaba la tarde viendo medias y zapatos. Nada se veía más allá de unos tobillos a menudo inflamados por las caminatas o las estrecheces masoquistas de la hebilla. Pensándolo bien, el calzado que usaban era horroroso. Pero a mí me ponía muy cachondo. También deben haberme influido mis lecturas de los libros de los jesuitas, de los mártires, de todo ese mundo de la Inquisición, de los santos a quienes asaban en una parrilla… Recuerdo cosas concretas: una portada de la Biblioteca Oro de la editorial Juventud, que hacía novelas del Oeste y policíacas. Era un dibujo de Bosch, un dibujante catalán estupendo. [...]
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