En la mañana después de la tormenta las aguas arrojaron a la playa, a ocho kilómetros al noroeste de la ciudad, el cuerpo de un gigante ahogado. La primera noticia la trajo un campesino de las cercanías y fue confirmada luego por los hombres del periódico local y de la policía. Sin embargo, la mayoría de la gente, incluyéndome a mí, no lo creímos, pero el regreso de otros muchos testigos oculares que confirmaban el enorme tamaño del gigante excitó al fin nuestra curiosidad. Cuando salimos para la costa poco después de las dos de la tarde, no quedaba casi nadie en la biblioteca donde mis colegas y yo estábamos investigando, y la gente siguió dejando las oficinas y las tiendas durante todo el día, a medida que la noticia corría por la ciudad.
A la hora en que llegamos a las dunas sobre la playa ya se había reunido una multitud considerable, y vimos el cuerpo tendido en el agua baja, a doscientos metros. Lo que habíamos oído del tamaño del gigante nos pareció entonces muy exagerado. Había marea baja, y casi todo el cuerpo del gigante estaba al descubierto, pero no parecía ser mayor que un cachalote. Yacía de espaldas con los brazos extendidos a los lados, en una actitud de reposo, como si estuviera dormido sobre el espejo de arena húmeda. La piel descolorida se le reflejaba en el agua, y el cuerpo resplandecía a la clara luz del sol como el plumaje blanco de un ave marina.
Perplejos, y descontentos con las explicaciones de la multitud, mis amigos y yo bajamos de las dunas hacia la arena de la orilla. Todos parecían tener miedo de acercarse al gigante, pero media hora después dos pescadores con botas altas se adelantaron y cruzaron la playa. Cuando las figuras minúsculas se acercaron al cuerpo recostado, un alboroto de conversaciones estalló entre los espectadores. Los dos hombres parecían criaturas diminutas al lado del gigante. Aunque los talones estaban parcialmente hundidos en la arena, los pies se alzaban a por lo menos el doble de la estatura de los pescadores, y comprendimos inmediatamente que aquel leviatán ahogado tenía la masa y las dimensiones de una ballena.
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Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la
obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Elena Blasco puso imagen a nuestra Ciencia ficción con esta serigrafía en papel Zerkall-Butten de 250 gramos, a 10 colores.