Número 18. Verano 2009
Los viajes de Saasbeim
Vicente Luis Mora
1
Saasbeim llegó a un planeta,
similar a la Tierra,
al que denominó Maarland.
Muy pronto comprobó las diferencias.
Materias y sustancias en Maarland
al tocarse se mezclan entre ellas
(no hay mar y orilla, sino lodazales).
Saasbeim miraba esquivando pájaros.
Al caminar sus pies se convertían
en agua, en barro, en niebla, en roca, en nada;
las hojas le dejaban tatuajes
y al rozarle los árboles verdeaba.
En un maizal se la encontró de frente,
albina, ciega, con el pelo blanco.
Cuando volvió a la Tierra,
su cuerpo a franjas, como un tigre indio,
brillaba entre la lluvia
alternando las ráfagas de plata.
2
Saasbeim miraba desde el puente
de la aeronave hacia el planeta cúbico,
al que llamó Maarkubik.
El ordenador central no comprendía
la trayectoria de la enorme roca:
ausente el movimiento rotatorio,
se trasladaba sin embargo en círculos
entre dos soles cada vez más próximos.
Saasbeim pensó que aquella piedra estaba
de alguna forma al tanto de su sino:
los cráteres mostrando las heridas,
su traslación el mapa de un suicidio.
Las sondas le decían que el planeta
estaba hueco pero que la masa
era muy superior a la esperada.
Los números ardían y Saasbeim
de pronto lo entendió mirando el Cubo.
Apagó los sistemas y anotó:
«Maarkubik no es ningún planeta,
es un sol congelado hace milenios».
Cerró el cuaderno y prosiguió camino.
3
El anciano decía:
si lo traspasas, serás el primero.
Saasbeim decía si no lo traspaso,
el primer salto también será el último:
nadie ha cruzado un agujero negro.
¿Qué tienes que perder?,
preguntó el sabio.
Eso es verdad,
le respondió el viajero.
4
Al primer mundo
lo llamó Maarquivia.
Para sus sensitivos habitantes
el ser humano es algo invisible.
Caminaba entre ellos y observaba.
El caos es el mismo,
le escribió al anciano,
aunque parece
que no quieren dañarse.
Entonces no es lo mismo,
se recibió en su nave por respuesta.
En un paseo por Maarquivia
un niño
pareció mirarle.
Sé que estás ahí.
Saasbeim callaba.
Huelo tu dolor.
5
Los agujeros negros brillan
tan cegadoramente desde dentro,
pensó Saasbeim
mientras veía unirse sus moléculas
en racimos azules y amarillos
mezclándose con lágrimas de estrellas.
Las luces de la nave y el espacio
en torno se fundieron en diamantes
volátiles cruzando por su pecho.
Sus recuerdos brillaban encarnados
asiéndose a la luz de los sensores,
rozándose con sombras de deseos,
la tarde en su regazo y los cometas,
el espacio estirado, el primer beso,
los cuásares y las tardes de junio,
su nombre contra luz ultravioleta,
el tiempo del revés, las golosinas,
los quarks formando la visión de ella,
la imagen de sus manos enlazadas,
los ramos boreales de galaxias,
el centro de su ser sin los neutrones,
los ojos de su padre y el silencio:
el universo dándose la vuelta.
El mundo al otro lado,
le escribió al anciano,
es como estar sentado
en una habitación de un hospital
viendo tu propio parto con tu madre.
6
El anciano
registró la cartera
de Saasbeim
y encontró raíces,
monedas de otros mundos,
unas piedras mutantes que vibraban,
y una foto.
De una joven.
En el dorso,
escrita a mano,
la palabra Maar.