Me gusta cruzar las cortinas y de pronto hallarme en otro lugar, en la penumbra o en la luz, eso me comentaba Guillermo antes de emprender cada subida y al girar hacia la primera explanada. Hay un momento crucial, decía, el del sonido, es cuando comienzas a dejar de pensar, ¿no te sucede? En el primer giro, en el pequeño descanso antes de encarar la segunda trocha y enfrentar el vapuleo de la brisa que se cuela tenue e insistente entre el ramaje de los eucaliptos que van apareciendo en el camino, cruje una corteza seca dentro de tu pecho y te escindes, es una locura, lo sé, pero eres uno o dos y tres, a veces ninguno de los tres anteriores; escindido, confiesa Guillermo, se me ocurrió llamar una vez a una chama que me gustaba, una de esas pequeñas que pretenden brincar de emoción cuando le cuentas algunas proezas y desafíos, en ese momento, fatigado y sudoroso, ella estaba abajo, después de los primeros doscientos metros sobre la Cota Mil todo es abajo, estaba en un lugar de La Olla del Duende, a la orilla de una piscina o algo así, con seguridad recibía la caricia del sol de la tarde sobre sus lentes o su piel, sobre ambos o ninguno, al lado del entrenador o con el entrenador colocando unos flotadores entre sus piernas, entonces le llega el sonido acezante de mi voz, era como para excitarse o sentir asco. Sintió asco, tuve un tiempo en el que necesité subir dos explanadas para vencer el dolor, la vergüenza, un sentimiento recalcitrante de ridiculez, ese que saben sembrar las mujeres en ti cuando desean robarte la paz por un buen tiempo. Cruzar esta cortina es terapéutico, insistía Guillermo y se empinaba sobre la punta de sus pies para sacar ventaja y llegar al puesto del guardabosque. Siempre dice cosas como ésas, son cosas tontas, cosas que se dicen mientras subes el cerro o no dices nada y te vas quitando el sudor de la cara con un pañuelo si eres decente o con la mano si eres quien eres, una persona que no se anda con remilgos para ir por las ramas. Laura se ha comprado la idea de las cortinas,o sea, se la ha tomado en serio, hay cortinas en la vida, repite, y así nos vamos convenciendo de eso, de velos, gazas, mantillas o palitos de bambú y, a veces, me imagino cruzando a través de una cortina en una tarde de marzo desde el solar de una vieja casa en La Pastora hacia un cuarto oscuro en Alejandría o al zoco en El Yabrud. Marea el contraste, no son muchos quienes creen en esa realidad develada una vez que traspasas la tela invisible, un velamen, una telaraña de luz o de sombras, de eso va el asunto, no todo el mundo es sensible de la misma manera, me alecciona Laura, de eso se trata y cae una fina lluvia sobre nosotros, estoy hablando en presente, de nuestra última caminata a Los Naranjitos, nos gusta serpentear desde el puesto del guardaparque hasta el ranchón de Los Naranjitos, allí nos sentamos y tomamos agua y nos ponemos a comer nuestras cosas, a veces acampamos y pasamos la noche envueltos por la bruma que baja desde Lagunazo y ella me dice, éste es uno de los muchos telones; denso. Entonces nos metemos en un mismo saco de dormir porque sentimos miedo y deseo, el deseo del miedo nos abriga y nos sumerge en una dimensión distinta al amor o a cualquier sentimiento que podamos retomar en la ciudad. Guillermo sólo llega a esos lugares donde puede distenderse y continuar alardeando sus historias mientras hace barrasy levanta pesas junto a culturistas mudos, no se le puede exigir mása Guillermo, Laura sí se ha tomado en serio lo de las realidades paralelas en la montaña, uno deja de ser uno mismo y comienza a ser esa sombra fugaz que se te cruza en un paso de quebrada, un halo sutil, por eso sube cada vez más alto, busca senderos hacia los valles del litoral y se empeña en que la acompañe por las rutas que improvisa.
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Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la
obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Elena Blasco puso imagen a nuestra Ciencia ficción con esta serigrafía en papel Zerkall-Butten de 250 gramos, a 10 colores.