Volvían a la casa tomados de la mano en la más perfecta oscuridad.
—Cuidado —dijo
él—, cuidado ahí.
—¿Qué hora es? —dijo
ella.
—Deben ser como
las tres de la tarde.
Ella levantó la cabeza:
—No hay
estrellas —dijo.
—No.
—Ni luna.
—Dejate de
estrellas y de luna —dijo él— y ayudame a mover la piedra.
Pusieron las bolsas en el suelo, sacaron del escondite las palancas y las calzaron bajo la piedra.
—Cuidado —dijo
él.
—Vos
siempre estás diciendo cuidado.
Él no contestó y entraron llevando las bolsas y las palancas.
—No prendas
todavía las lámparas —dijo él evitando la palabra cuidado.
—Ya no se
puede vivir en este mundo —dijo ella, cansada.
Él se rió:
—Vamos a
seguir viviendo —dijo.
—Sí, pero
¿cómo? Esto era una ciudad, ¿te acordás? Mirá ahora.
—Sacá las
provisiones de las bolsas.
Ella las sacó:
—Lástima lo de los fideos. ¿Y si los vamos a buscar y los cocinamos? Podemoos colar los gorgojos mientras hierven.
Él no contestó.
—¿Y si
cambiamos de supermercado? Hay uno a veinte cuadras al norte.
—No es
nuestra zona —dijo él— ¿Qué querés? ¿Que te peguen un tiro?
Ella lloró despacito:
—No me
quiero morir —dijo.
—No te
morís vos sola, sonsita —le dijo con suavidad, como a una nena—. Nos morimos
todos. Se muere el mundo. Se muere este universo.
—No quiero.
—No hay más
remedio, mi vida —hacía años que no le decía mi vida—. Ha llegado el frío.
—Pero por
qué.
Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la
obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Elena Blasco puso imagen a nuestra Ciencia ficción con esta serigrafía en papel Zerkall-Butten de 250 gramos, a 10 colores.