Andrés Laplace decide, esa mañana, bajar andando al trabajo en lugar de ir en guagua o en coche. Desciende con paso tranquilo por Rambla Pulido y luego por calle Castillo. No está dispuesto a apresurarse. El mundo no se va a acabar, ni la economía a sufrir otro crack como el del veintinueve, si por una vez llega unos minutos tarde.
Hay un punto en que la calle cambia de rasante, digamos bruscamente, y a lo lejos se divisa el mar que se extiende azul hasta el horizonte. Es un fenómeno óptico curioso. El mar ocupa la mitad de lo que debería ser cielo y, si algún barco se dirige a Las Palmas, puede dudarse si navega o si en verdad ha levantado el vuelo, quién sabe a dónde. Le gusta ese momento. Temprano corre una brisa fresca. El sol asoma como una bola semiesférica en el cielo, justo a su frente, entre rojizo y amarillo, sin molestar demasiado a los ojos.
En su despacho, rodeado de papeles, Andrés Laplace acostumbra a tomar una pausa breve, cada hora u hora y media, más o menos. Se levanta y anda unos pasos hasta la ventana. Se contempla una amplia panorámica del puerto de SC de Tenerife, con sus grúas y bidones. Entonces siempre piensa en su mujer, Ana María, sin razón aparente. Murmura bajito su nombre, Ana María, Ana María. Y luego levanta la vista al cielo celeste. Y, más allá, a las montañas de Anaga, en cuyas cumbres se agolpan nubes que parecen que van a descender como la espuma pero que acaban por quedarse allí, estancadas, como esculpidas. Después Andrés Laplace va al servicio, a hacer las cosas que se suelen hacer en él. Una vista privilegiada, ¿verdad?. Privilegiada desde la ventana del despacho. No desde el urinario, claro está
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