«¿Ha visto a este hombre?», le pregunta Roy al conductor de un autobús, quien niega con la cabeza al tiempo que cierra la puerta. Encadena varias respuestas semejantes. Pasan las horas. Regresa a casa. Ya no hay sangre junto al charco, que ha crecido. La luz del pasillo y la del salón están encendidas. «¿Selena?», nadie responde. Se altera. Descuelga un cuadro y lo coge con las dos manos, a modo de arma contundente. Camina con pasos cortos hacia el salón: no hay nadie. Enfoca la cocina: Selena, la piel negra iluminada por la luz del extractor de humos, remueve un guiso con una cuchara de palo. Tiene puestos los auriculares y mueve las caderas al son de una música que sólo escucha ella. Roy se relaja, sonríe a medias y deja el cuadro sobre el brazo de un sillón. Selena le ve acercarse, se quita uno de los auriculares y le da un beso. «Era el plato que nos hacía mi madre en los días de fiesta», le dice, «lo recordé hace poco». Él no reacciona. «No hubo suerte, ¿verdad?». «No, cómo pude ser tan tonto, joder, cómo pude dejarle escapar». «Tú no sabías quién era, mejor dicho, tú no sospechabas quién es posible que sea». Sirve vino en dos copas. Sale humo de la olla. «Porque no olvides que sólo tienes eso», señala el gato de papel, «y eso, por sí solo, no significa nada».
Tres gigantes uniformados se lo llevan por la fuerza. En el interior del furgón gris metalizado hay una docena de hombres y mujeres de todas las edades. El que está sentado frente al asiento que ocupa el Nuevo tiene una cicatriz perfectamente circular, del tamaño de una huella dactilar, en el centro de la frente. «¿Y tú qué coño miras?». «Nada, nada, perdona», dice el Nuevo, mientras clava su mirada en el suelo del vehículo. Se abre la puerta, «venga, venga, bajen, venga, bajen». Todos obedecen. A empujones, van entrando por un portón de garaje. Un altavoz les exige: «Colaboren en su proceso de higienización». Son sentados en butacas, donde los esperan barberos para cortarles el cabello con máquinas de afeitar eléctricas. A continuación, en un vestuario, se desnudan, mujeres y hombres, y dejan sus ropas y pertenencias en cajas de plástico. Uno roza intencionadamente un muslo femenino y recibe inmediatamente un golpe de porra en el hombro. Pasan, en fila, por un tren de lavado: agua fría a chorro, jabón y espuma, diez nuevos chorros, más finos, de agua caliente, nube de vapor, tubos de aire caliente. La mujer y el adolescente que caminan delante de él tienen sendas cicatrices. [...]
Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la
obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Elena Blasco puso imagen a nuestra Ciencia ficción con esta serigrafía en papel Zerkall-Butten de 250 gramos, a 10 colores.