Santiago, 7 de marzo de 2005
He llevado diarios desde mi adolescencia, con evidente simpatía por el género, por los géneros que podríamos llamar marginales, menos clasificables y canónicos que la prosa narrativa o la poesía lírica, pero los he llevado con escasa constancia. Tuve un diario de mis quince años de edad, otro de un viaje con Pilar a Venecia, creo que en el verano de 1963, otro en el que consignaba comentarios de exposiciones de pintura. Recuerdo largas páginas sobre una completa muestra de Vasili Kandinsky. Alguna vez publiqué fragmentos de estos diarios en Árbol de Letras, a pedido de su inventor y director Jorge Teillier, poeta aficionado a los papeles, inclinado sobre ellos, sobre todo cuando había un vaso de vino tinto a distancia conveniente, “enamorado de mapas y de estampas”, dueño de una erudición variada y curiosa. En otras palabras, Jorge fue un eficaz editor mío y pudo hacerme seguir escribiendo diarios, pero él fue todavía menos constante que yo. A propósito de su sorprendente erudición, fue invitado a un Congreso de Poesía en Panamá y asombró a sus anfitriones por su detallado conocimiento de historias de boxeadores panameños de diversas épocas.
Ahora, después de décadas, reanudo el ejercicio con una mención de mi desaparecido amigo, el autor de Para ángeles y gorriones y de Para un pueblo fantasma. A todos nos impresiona en estos días la muerte de Gladys Marín, dirigente del Partido Comunista chileno durante los años de la dictadura y hasta ayer o antes de ayer, y viuda de un dirigente asesinado por el pinochetismo. Era una mujer terca, de fuerte carisma, de gran llegada en los más diversos ambientes criollos, y que no quiso o no pudo llevar a cabo una verdadera renovación de la política de su partido.
[...]Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Miguel Ángel Campano puso imagen a La ciudad con esta serigrafía numerada y firmada.