El distrito ocho es simple, pero en cierta forma es también complicado, y es que sus calles se mecen de forma extraña en las caderas antes de que definitivamente comiencen sus curvas: el recuerdo de ver aparecer el primer vagón matutino de la línea 5, adivinen ¡son las cinco y media de la mañana! en el espejo del tocador de mi madre, colocado ingeniosamente junto a la ventana de forma que la luz le golpea a uno por el lado izquierdo con un mudo estallido y no se sabe nunca, no se puede saber nunca, qué se tiene en el lado izquierdo de la cara (¿granos? ¿o sólo una sombra poco afortunada?), ver cómo hace un esfuerzo máximo en Karlitschek, el caballo fantasmagórico de Praga, en la curva de Florianigasse y se lanza hacia la Laudongasse, con estrépito, estruendo y traqueteo, continua su férreo recorrido circense despidiendo chispas, y justo cuando acaba de coger un buen ritmo —los tranvías de mi infancia eran muy ruidosos, rechinaban, chacoloteaban, movían sus cuellos airados y mordían sus bridas hechas de correas de piel tiesas de suciedad y oscurecidas, y de correas tín-tín (¡atención, el tranvía va a salir!), con los costados temblorosos húmedos del sudor de la lluvia, sí, y además, en los cambios de vía rechinaban siempre de manera tan lamentable que el conductor golpeaba de nuevo las espuelas manejando las palancas de cromo reluciente que solía girar como el timón de un barco y, la verdad, no sé por qué lo hacía tantas veces, no, no se trataba de un volante civilizado situado en un espacio casi privado, y así se encabritaban aquellos animales de tiro carmesíes, arrancaban con los cascos una nueva lluvia de chispas del metal y tiraban con brío— bien, justo cuando había cogido impulso, el número 5 tenía que detenerse de nuevo, vaya, viene la siguiente parada antes de haber podido extender del todo el torso y la grupa, puede que haya aspirado con la pajita demasiada corriente de la catenaria y eso sólo para unos pocos metros: porque allí donde está la panadería, esquina con la Lederergasse, ¿o es ya la Kochgasse?, no, creo que no, allí donde mi madre siempre compraba el pan hay otra parada.
[...]Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Miguel Ángel Campano puso imagen a La ciudad con esta serigrafía numerada y firmada.