Conocí a Billy Ruth el último año de mi estadía en Huntsville. Era sábado, había ido a una fiesta del grupo de animadoras de la universidad. Había intentado toda la noche que una de las animadoras, la más rubia, me hiciera caso, pero era en vano, ellas sólo tenían ojos para los del equipo de hockey. No me había fijado en Billy Ruth pero coincidimos en una habitación al final de la noche: los dos buscábamos nuestras chamarras. La mía era de cuero negro, muy delgada, y vi que ella se la ponía.
-Disculpas. Creo que ésa es la mía.
-Lo siento -se la sacó de inmediato-. Es mejor que la mía. ¿De qué sirve venir a las fiestas si uno se va con la misma ropa con la que ha llegado?
No sonrió, así que no supe si hablaba en serio. Pude ver su rostro muy maquillado, sus grandes ojos azules, unas pestañas tan inmensas que imaginé postizas. Su belleza era natural y sobrevivía a todos los añadidos artificiales.
-No encuentro la mía –dijo al rato-. Seguro alguien se la llevó. Me ganaron de mano.
-Si quieres llévate la mía. Y me la devuelves cualquier día de la próxima semana.
-¿En serio? ¡Qué caballero! Y con ese acento, no debes ser de aquí, ¿no?
-Bolivia.
-¿Libia? Queda lejos de aquí.
-Bolivia, en Sudamérica.
-Da lo mismo. ¿Y dónde te la devuelvo?
-Trabajo todas las tardes en la biblioteca.
-Gracias. Billy Ruth, por si acaso.
-Y yo Diego.
-Como el Zorro. ¡Increíble!
Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Miguel Ángel Campano puso imagen a La ciudad con esta serigrafía numerada y firmada.