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Número 2. Verano 2005
No contéis conmigo en "Deadimburgo"…
Irvine Welsh

No contéis conmigo en “Deadimburgo” es una charla que di para un programa de radio en el que tres escritores tenían que hablar de sus respectivas ciudades natales -Cardiff, Belfast y Edimburgo- tras el restablecimiento de sus competencias y de sus respectivos parlamentos. Levantó cierta controversia, ya que se emitió durante el Festival, época del año en que la prensa siempre está al quite de que alguien diga “el Festival es una mierda” o “Edimburgo es un asco” para tener algo sobre lo que escribir. Nunca he dicho que Edimburgo fuera una mierda. De hecho, y a pesar de que en ocasiones me muestre ambivalente, adoro mi ciudad natal. De todas formas, para poner al Record en su sitio (y también al Sun, al Evening News, a The Scotsman y a Scotand on Sunday), aquí está la transcripción completa de la emisión. Juzgad por vosotros mismos si lo que hago es poner a parir a Edimburgo o sólo ir un poco de sobradillo al dejar sentadas cuatro cosas con carácter general.

No contéis conmigo
Sales de la estación de Waverley en Edimburgo y es probable que lo primero que notes es que hace más frío que en Londres. Al llegar a Market Street, levantas la vista y ves el castillo sobre la roca, dominando el horizonte. De inmediato experimentas un acceso de orgullo por tu patria chica. Estás en casa. Echas una rápida ojeada por Princes Street y a continuación bajas dando botes por Leith Street hasta llegar al Walk más contento que unas castañuelas. Has venido a pasar el fin de semana y quieres volver a ver la ciudad de nuevo y tomar parte en todo lo que tenga que ofrecer.

Te fijas en el gran solar de Greenside, que está junto al Playhouse, en tiempos un antiguo barrio obrero, pero que durante treinta años no ha sido sino un agujero en la tierra. Solías asomarte a él desde tu oficina en Calton Hill. No lo podías creer cuando vinieron a edificarlo. Aparecieron los bulldozers y los trabajadores, perforando y echando los cimientos. De repente las obras quedaron paralizadas a mitad, dejando un esqueleto de feas y desnudas vigas de acero, pero sin carne. Pero ahora no; han llegado los de la constructora McAlpine. Hay una enorme construcción secreta en curso, lista para ser desvelada. Reconoces a uno de los muchachos de la obra, incluso con el casco puesto. Es tu viejo amigo Willie, al que llevas años sin ver. Intercambiáis números de teléfono y quedáis en veros para echar unos tragos. Empiezas a sentirte más positivo aún. Por fin empieza a pasar algo. Quizá el nuevo parlamento haya engendrado confianza. Entonces te enteras de que el edificio va a albergar oficinas (bostezo), un multicine y un centro de restaurantes de comida rápida como los que hay en todas partes y ahora también en todas partes de Edimburgo: en Craig Park, Fountainbridge, Wester Hailes y Leith. ¿De verdad hace falta otro? Te cuentan que van a cerrar la Filmoteca Luminere, ubicada junto al nuevo Scottish Museum.

Aun así, tú sigues pensando en salir y pasarlo bien en tu ciudad natal. Das los toques correspondientes y de inmediato tus opciones comienzan a estrecharse. ¿Y por qué no? Así es exactamente como debe ser. Todo el mundo tiene su parroquia, sus preferencias, sus costumbres. Cuando vivías aquí tú también los tenías. Ahora, en Londres, también. La vida social no va a cambiar por el solo hecho de que tú hayas vuelto. De todos modos, sigues queriendo hacer todo lo que se pueda. Así que investigas. Sabes quién bebe en tal bar de Leith, en aquel de Gorgie, quién anda siempre por el West Port… Puede que sepas incluso dónde suele andar alguna gente que va de copas por el centro; no es su parroquia, pero se reúnen a tomar una rápida al salir del trabajo. Sabes quién podría estar en tal club tal noche. Forma parte de la diversión. Nunca sabes con quién te vas a encontrar.

Pero enseguida te ves obligado a moderar tu orgullo ciudadano. A fuerza de habitar en la gran Metrópoli quizá hayas idealizado un poco tu ciudad natal. En realidad, Edimburgo se asemeja tanto a una colección de aldeas como el Londres del que acabas de salir. No puedes dejar de pensar que es un pelín pequeña para eso. Vuelves a pensar en el nuevo parlamento. “Será algo que tiene que ver con ser capital”, meditas, esperanzado.

Ahora ya te sientes menos habitante de Edimburgo y más de Leith, donde naciste, o de Muirhouse, donde te criaste. Empiezas a hacer comparaciones con otras ciudades y a pensar: “¿Qué significa esto? ¿Cómo es posible? He bebido, comido y festejado en cada rincón de esta ciudad. ¿En qué me diferencio del Geordie de Newcastle o del Scouser de Liverpool? ¿Por qué no siento como mío este lugar, esta ciudad?”.

Fue allá por los ochenta, aquella década tan supuestamente exclusiva y tan excluyente en lo social. A unos cuantos iluminados —creo que de la Cámara de Comercio de Edimburgo— se les ocurrió una idea para una campaña. Pues bien, Glasgow, que estaba calentando motores para presentar su candidatura a Ciudad de la Cultura, tenía a su Mr. Happy, aquel personaje de palitos y cara de acid-house que nos decía que ese paraje de inigualado verdor era “mil veces mejor”. Era una osada tentativa de cambiar la percepción que el mundo exterior tenía de la ciudad, y hacerla pasar de la imagen de conjunto de barriadas infestadas de ratas y rebosante de pandilleros armados de navajas, borrachines y “rojos del Clyde” a la de sofisticado paraíso urbano ilustrado por Rennie McIntosh, audaz, nuevo, apto para yuppies, y a punto de caramelo para las inversiones y los turistas adinerados.

En cierto sentido, Edimburgo ya poseía aquello a lo que aspiraban Glasgow y casi todas las ciudades post-industriales de Gran Bretaña: una ciudad de clase obrera dominada por una hegemónica e inocua cultura burguesa. Y como todas las demás ciudades de Gran Bretaña —a juzgar por todos los indicadores socio-económicos y culturales por los que se miden tales cosas— Edimburgo es una ciudad de clase obrera. En lo político, el ayuntamiento lleva años en manos laboristas, y en la actualidad la ciudad no cuenta en sus filas con un solo diputado conservador. No obstante, existe un perezoso consenso cultural según el cual Glasgow = clase obrera, Edimburgo = pijos. Contádselo a los habitantes de Hyndland o Craigmillar. A pesar de todo ello, la cultura tradicional y predominantemente obrera del Old Town ha sido reemplazada de forma tan sistemática que al visitante foráneo podría disculpársele por creer que se halla en un museo al aire libre, lleno de abogados y estrambóticos ingleses de los que acuden con ocasión del Festival.

La campaña Cuenta Conmigo, Edimburgo no intentó imitar la de Glasgow porque simplemente no había necesidad. Lo que sí hizo fue dejar claro que la ciudad no posee una verdadera identidad urbana digna de mención. Sean de Drumchapel o de Hyndland, los nativos de Glasgow se sienten fervientemente Glaswegians. La campaña identificó correctamente el hecho de que en Edimburgo no existe una sensación de orgullo ciudadano semejante. La mayoría de la gente se identificaba con la zona de la ciudad de la que procedía, y más si eran de extracción obrera.

No hay indicio alguno de que desde el restablecimiento del parlamento la gente de clase obrera de Edimburgo haya llegado a tener una sensación más marcada de ser dueños de su ciudad. ¿Cómo iban a hacerlo, después de generaciones de continuo desalojo físico desde el centro hacia la periferia? Con la creación del New Town de James Craig, Edimburgo fue la primera ciudad del mundo en segregar formalmente a las clases medias de las clases trabajadoras, creando así tanto la noción de zona residencial como su fea hermanastra, la de gueto. La gente de clase trabajadora ha sido expulsada físicamente de sus áreas tradicionales del centro de la ciudad, empezando por los habitantes del Old Town hasta los del South Side y los de Tollcross en los ochenta, barrio suprimido en gran medida para hacerle sitio al nuevo centro financiero. En la actualidad las autoridades estarían encantadas de convertir la céntrica barriada de Dumbiedykes en un distrito estudiantil y lograr que todos los que lo habitan en la actualidad desaparecieran de su vista y, cabe suponer, de sus corazones. Al fin y al cabo, da directamente a la nueva sede del parlamento escocés.

El ayuntamiento laborista y el parlamento escocés obran de acuerdo con el lóbrego consenso moderno de los valores empresariales, turísticos y, por omisión, anti- obreros. Están en contra de la clase obrera porque están a favor de reducir gastos y, como uno de los gastos mayores que hay es el trabajo, están a favor de pagar poco. Resulta instructivo fijarse en lo sucedido con la campaña Cuenta Conmigo, Edimburgo. Después de que todo el mundo le hiciera caso omiso de forma muy concienzuda, pasó enseguida a mejor vida. En realidad nunca fue más allá de unas cuantas pegatinas en las ventanillas de los coches y una o dos líneas en la prensa local. No obstante y en general, daba la impresión de ser un bochorno total para la gente que uno normalmente esperaría ver apoyar ese tipo de iniciativas: las autoridades locales, las empresas y la Oficina de Turismo. Quizá intentar abarcar a todo el mundo no sea buena idea, sobre todo cuando ellos son más que vosotros. Cabe la posibilidad de que no siempre os salgáis con la vuestra.

Durante el Festival se gasta más dinero del habitual en servicios de policía para que las calles sean más “seguras” y los turistas no padezcan molestias. A los borrachines y los mendigos se los expulsa del centro de la ciudad. Los bares permanecen abiertos hasta tarde “para los turistas”, pero cuando éstos recogen sus bártulos y se marchan, a los lugareños no se les hacen los mismos honores sociales. Es más, durante el Festival de Edimburgo a menudo se disuade activamente a grupos de jóvenes de las barriadas de beber en el centro. Incluso sé de una ocasión en que la policía hizo dar media vuelta a un autobús municipal lleno de muchachos de una de las barriadas del extrarradio que se dirigían al centro de la ciudad a ver un partido de fútbol en un bar con pantallas gigantes. Es de suponer que pensaron que podrían “armarla” en el centro.

Decidieron no contar ellos, del mismo modo que han venido haciendo con las generaciones respectivas de las clases trabajadoras de la ciudad. No encajan en el ambiente de artisteo yupi de las bodeguillas del nuevo centro de la ciudad. Ahora bien, no digo que esto sólo suceda en Edimburgo; al fin y al cabo la agenda básica es la misma para todas las ciudades, de Nueva York a Nottingham. Y no obstante, hay pocas ciudades que se avergüencen tanto de ser fundamentalmente obreras como Edimburgo. Resulta difícil pensar en una sola ciudad británica de más de 400.000 habitantes cuya cultura no sea primordialmente obrera. Los habitantes de Glasgow, los Geordies, los Scouser, los Brummies de Birmingham, los Manc de Manchester e incluso, cosa asombrosa dada la cultura metropolitana e internacional de Londres, los cockneys: todos esos arquetipos son intrínsecamente obreros y tanto más ricos por ello. El equivalente de Edimburgo no existe, aunque lo más parecido que tenemos probablemente esté bien representado por el retrato que hizo Muriel Spark de la maestra de escuela de Morningside: Miss Jean Brodie.

Hagamos un alto para pellizcarnos y fijarnos en la realidad. Cuesta imaginar que estemos hablando de la misma ciudad que hace apenas unos años tenía una de las tasas más altas de uso de drogas intravenosas y de infección por VIH del mundo occidental. Por supuesto, he ahí el quid de la cuestión. En gran medida, eso transcurría en las barriadas de viviendas de protección oficial, que de acuerdo con la práctica cultural en boga, “no cuentan” como parte de Edimburgo. No hablo sólo de la exclusión de la identidad social y cultural de esas barriadas y bloques de pisos. Amplias extensiones de las pequeñas casas suburbanas de posguerra de dos plantas en Gumleyland, donde reside mucha gente de clase obrera y de clase media baja de la ciudad, están excluidas del cálculo cultural a través del cual se constituye la identidad de la ciudad. Los abogados del New Town de Edimburgo abarcarán aproximadamente a un 0,1% de la población y tienen una enorme influencia cultural. Es probable que Edimburgo sea la única ciudad de importancia en Gran Bretaña en la que se juzga inexistente a alrededor de un 80% de los habitantes.

En la actualidad, y como la mayoría de ciudades británicas, Edimburgo exhibe la prosperidad de su centro con tonos de marcado conformismo. Muchos de los viejos pubs han sido reemplazados por las ubicuas franquicias de los O’Neill’s, Witherspoons y All Bar Ones presentes en todas las demás ciudades. Abundan los restaurantes globales de comida rápida. A pesar de ello -o quizá más bien por ello mismo-, al margen de la temporada del Festival, la ciudad es un desierto cultural. A las puertas de los McDonalds y los Burger King de Princes Street se amontonan los colegiales italianos y españoles que han venido de vacaciones, a menudo porque no tienen otra cosa que hacer. El clima, habitualmente decepcionante, dificulta la vida social al aire libre; por lo demás, lo que la ciudad quiere es tu dinero, y si no lo tienes, no cuenta contigo.

Cuando se habla con los lugareños acerca del parlamento escocés, la actitud general de la que hacen gala en el mejor de los casos podría calificarse de extrema apatía tirando a cierto desdén. La mayoría lo considera una versión ampliada del consejo regional de Strathclyde o de Lothian, y eso es exactamente lo que es. Pese a que muchos manifiesten cierto orgullo de que ahora Escocia posea algo simbólico, son más los que querrían saber para qué sirve todo ello en realidad. Parlamentos, ¿eh? Ahora tenemos uno en Bruselas, uno en Londres, uno en Edimburgo y además un ayuntamiento. Personalmente, dudo que la gente de los distritos del extrarradio de Edimburgo se sienta más vinculada al parlamento del centro de la ciudad de lo que se siente al que hay en Londres o en Bruselas. Lo que importa es lo que un parlamento hace por su pueblo y en qué medida lo representa, no su ubicación geográfica. El partido laborista, antaño el partido del pueblo, está ahora dominado por políticos de carrera que tienen el ojo puesto en los cargos desde su primera reunión de estudiantes universitarios.

¿Que por qué esta sensación de exclusión supone un problema para mí? Pues porque creo que cuando una ciudad impone una cultura elitista que no hace referencia alguna a sus realidades sociales, además de ser fundamentalmente anti-democrática, habita un mundo de fantasía. Edimburgo es una villa encantada, un patio de recreo para estudiantes ricos de los condados de los alrededores de Londres, para los tipos que pululan en torno al Festival y quieren triunfar en el mundo del artisteo y para políticos profesionales de chicha y nabo; es un patio de recreo para todo el mundo salvo para sus ciudadanos locales. Quizá a alguna gente le guste vivir en una especie de Disneylandia de galletas de avena y faldas escocesas a lo Walter Scott, pero detrás hay una agenda más siniestra, que supone que no se remedien los problemas sociales y que a la gente se le nieguen las oportunidades que merece por el simple hecho de que en semejante paradigma no se considera que existan.

Y ello supone un problema para mí porque la gente de clase obrera de Edimburgo con la que me crié, he ido a la escuela y he trabajado son ni más ni menos que la mejor gente que jamás haya conocido. En ninguna otra parte del mundo a donde haya viajado he visto superado jamás su ingenio, su humor, su estoicismo, su apenas velada cordialidad y su auténtica pasión por la vida. Quiero que el ¿edimburguense? de a pie, el edinburgher o como quiera que nos llaméis —la falta de denominación habla por sí sola, pero en fin— sea tan apreciado por la cultura de su ciudad como los alumnos de sus escuelas privadas. Quiero que sean tan apreciados por la cultura de su ciudad como el Scouser, el Geordie y el Weedgie de Glasgow lo son por la suya. Quiero que Les McKeown sea tan apreciado aquí como Paul McCartney en Liverpool. Quiero que Kenny Buchanan sea tan célebre aquí como Jim Watt en Glasgow (al fin y al cabo, fue el mejor boxeador que jamás diera Escocia). Y quiero que las voces del Edimburgo de clase obrera resuenen con tanta sonoridad, orgullo y estrépito en el centro de la ciudad como lo hacen las de sus homólogos en otros centros metropolitanos. En resumen, me gustaría ver a mi ciudad natal dejar de engañarse a sí misma, poner los pies un poco en la tierra y mostrarse más responsable hacia los suyos. ¿Por qué? Porque todos valemos la pena.

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Serigrafía
Miguel Ángel Campano

Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Miguel Ángel Campano puso imagen a La ciudad con esta serigrafía numerada y firmada.



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