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Número 11. Otoño 2007
Sobre hojas de humo
Juan Miguel Contreras
Se podría decir que Ramón Fernández fue mi único amigo, o al menos lo fue durante un tiempo, concretamente entre los 13 y los 18 años. Durante esa época fue la única persona a la que admiré, quise, respeté, maltraté y necesité sin desear acostarme con él, es decir, un amigo. Desesperadamente distante, Ramón pocas veces se sinceró conmigo, aunque seguramente lo hizo alguna vez más de las que yo recuerdo pues también por esos años, él, yo y casi todos los que conocíamos, nos lanzábamos a unas maratonianas, exaltadoras, luminosas y tristes borracheras todos los fines de semana. A veces me arrepiento, no de las borracheras (¿qué otra cosa podíamos hacer los fines de semana en el pueblo donde vivíamos?) sino que de lo que realmente me arrepiento es de no poder recordar muchas de las conversaciones que tuvimos durante ese intenso trasiego de cerveza y tequila. Nosotros éramos de los que llamaban borrachos viejos, esto es, bebedores de tasca, dados y conversación –poca, más bien poca conversación, pero que quiero recordar como clara y acaso esencial- y si alguna vez terminamos la noche en alguna discoteca fue seguramente por culpa de alguna mujer (o tendría que decir chica, adolescente, púber, nínfula o compañera de instituto). [...]
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