¿Son posibles los viajes en el tiempo?, la pregunta del presentador que acababa de abrir una cuña de entrevistas con dos físicos, uno holandés y otro alemán, recientemente galardonados con el Príncipe de Asturias, se entreveró con una de porras pedidas a cocina por uno de los camareros, los resoplidos gaseosos de una máquina de café, el ritornello de otra expendedora de tabaco, la música de una tragaperras y la tos cavernosa de un viejo esquinado en una barra atestada y diminuta. El viejo, tras recuperarse del corrosivo espasmo, dejó de observar la televisión y miró el fondo de una copa balón donde se transparentaba un dedo de coñac, hasta que, quizás sorprendido por seguir vivo un día más, decidió celebrarlo apoyando los labios en el cristal, y con un golpe de cabeza tragarse el líquido sin permitir siquiera que rozase el paladar. A continuación pidió otra copa y echó un vistazo a la luna del local. El cristal se hallaba empañado, como si algún hada lo hubiera difuminado con su aliento; con un movimiento lento y circular de su mano abrió un ojo de buey en el vaho. Al otro lado, un Madrid amanecido e invernal se iba poblando de colores y seres que tensaban con su dialéctica la calle de Fuencarral. Una efervescencia de coches, bocinazos, neones, carreras, empellones, risas, abrazos... mezclados como en una batidora, que el viejo se empeñaba cada día en descifrar mínimamente, perdido entre los engranajes de un tiempo que ya no era el suyo. Aunque la pregunta está mal formulada, contradijo en la televisión el científico germano, juntando las manos a modo de plegaria, porque hoy en día la pregunta es: ¿por qué no son posibles los viajes en el tiempo?, ya Kurt Gödel demostró el siglo pasado que las ecuaciones de la Relatividad Especial de Einstein permiten que un cohete pueda regresar antes de partir, un cortado, por favor, y un pincho vegetal, ping, pang, pang, su tabaco, señor, gracias, y no nos olvidemos de Kerr, intervino su compañero holandés, también Kerr demostró la existencia de agujeros de gusano, espacios múltiples interconectados, burbujas espaciotemporales para retroceder en el tiempo o saltar a universos paralelos... Tras un buen rato escrutando la calle, el viejo dio un sorbo al coñac y efectuó el repertorio de gestos necesario para prender un Bisonte, chupándolo con avidez ansiosa y reconcentrada. Este hombre se quiere matar y quiere matarnos a nosotros, repitió en su cabeza la enfermera de la residencia geriátrica donde vivía con toda la dignidad de quien predica con el ejemplo, al sorprenderle una vez más contraviniendo la draconiana prohibición facultativa de ni imaginar el tabaco.
[...]Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Miguel Ángel Campano puso imagen a La ciudad con esta serigrafía numerada y firmada.