Disfruté mucho del placer de llegar a Londres, la metrópolis que tanto amábamos los dos, por los altos y variados disfrutes intelectuales que proporciona. Experimenté un contento inmediato con el bamboleo del carruaje al rodar veloz con semejante compañero. “Señor -le dije-, un día comentó en casa del general Oglethorpe que un hombre nunca es feliz en el presente, salvo cuando está borracho. ¿No añadiría que también lo es cuando viaja a gran velocidad en un buen coche?”
Johnson: “No. Uno viaja siempre desde algo, o hacia algo.”
Recuerdo que una vez me comentó: “Es una maravilla, señor, lo que puede encontrarse en Londres. La conversación más literaria de cuantas he disfrutado tuvo lugar ante la mesa de Jack Ellis, un escribiente que tenía su covacha tras el edificio de la Real Bolsa de Cambio, con el cual hubo una temporada en que almorzaba una vez por semana”.
“Señor -dijo Johnson-, lo he visto una sola vez en estos veinte años. La marea de la vida nos ha arrastrado a orillas distintas.” Lamenté en su momento saberlo, si bien todo el que abandona los cauces de las conexiones privadas y se adentra más o menos por el gran océano de Londres experimentará tarde o temprano, de manera paulatina e imperceptible, pero inevitable, ese cese en el trato con ciertas personas.
Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Miguel Ángel Campano puso imagen a La ciudad con esta serigrafía numerada y firmada.