Para ser exactos, el avión aterrizó a las once y cincuenta y tres minutos.
J. se despertó cuando se iniciaba el descenso; se acercó a la ventanilla y allí contempló por primera vez la ciudad: niebla; texturas malvas, grises; luces como ojos cansados mirando hacia las nubes. Un viento helado se clavó en su abdomen. El vuelo se había retrasado catorce horas. Con gesto suave frotó sus sienes, luego fue hasta el baño y se mojó el rostro. Miró el mapa de la ciudad que guardaba en el abrigo. Rayas de colores apresadas entre flechas y círculos. Alejó el papel para descifrar sus señas, pero le pareció un ideograma, un remolino, una espiral.
Después de mostrar el pasaporte y contestar muchas preguntas esperó un rato por sus maletas. El aeropuerto resonaba como una abandonada iglesia. Una vez que se separó del resto de los pasajeros, se encontró en un pasillo largo, envuelto en luces que se expandían sobre las paredes como leche agria. Aguardó quince minutos. Nadie podía seguir esperándolo a esa hora. Miró en su libreta y buscó un número. Cuando se acercó a un teléfono, comprendió que no tenía monedas y mucho menos una tarjeta para llamar.
Caminó un buen rato. Luego se detuvo: los pies hinchados, la garganta reseca. Miró un reloj que colgaba del techo. Lo miró un buen rato hasta que comprobó que sus agujas permanecían congeladas en una hora incierta y lejana. Se sentó cerca de un baño y, para que el silencio no se lo tragara, golpeó con su pie el suelo, llevando un ritmo cansado, perezoso, oscuro. Los párpados parecían colgarle igual que si estuviesen impregnados de una miel espesa. Por instantes, pensó que si se recostaba podría dormir hasta que el sol apareciera de nuevo y abrieran las casas de cambio.
[...]Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Miguel Ángel Campano puso imagen a La ciudad con esta serigrafía numerada y firmada.