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Número 15. Otoño 2008
Shoushin: corazón herido
Francisco Justo Tallón
Pablo Moíño Sánchez

"Ce qui te trouble, ce qui t’émeut, ce qui te fait peur, mais qui parfois t’exalte, ce n’est pas la soudaineté de ta métamorphose, c’est au contraire, justement, le sentiment vague et lourd que ce n’en est pas une, que rien n’a changé, que tu as toujours été ainsi, même si tu ne le sais qu’aujourd’hui."
Georges Perec, Un homme qui dort

Pequeño, con el lomo gastado y las esquinas de las páginas dobladas, el libro sobresale ligeramente de la línea que marcan los demás, como si diera un paso al frente. Aunque parece por su aspecto que ya lo has leído, no lo recuerdas; tampoco recuerdas haberlo comprado, quizá durante la mudanza alguien -¿quién?- olvidó el pequeño ejemplar y ahora forma parte de tu menguada biblioteca, de no más de trescientos volúmenes. Una mudanza es una enorme excusa que vale para cualquier cosa; hace más de siete meses que terminó la tuya, pero todavía te gusta decir que te estás instalando. Ahora que tomas el libro y lo observas con mayor detenimiento tienes la sensación de que el objeto te resulta familiar. Nunca llamarías a un libro «objeto», pero la palabra aflora en tu cabeza. Cualquier cosa que no te pertenece tiene la categoría de objeto, y este libro no sabes si es tuyo; sin embargo… Te sientas en el sofá de cuero que te regaló Silvia y empiezas a leer: el protagonista -Michel- es panadero, la acción se sitúa a principios del siglo diecinueve en París y todo resulta más bien aburrido. No pasas de la página veinte, cuando el protagonista ha tomado la decisión de emprender un viaje. Te levantas del sofá y vuelves a colocar el libro en su sitio; esta vez te aseguras de alinearlo con el resto. Lo miras alejándote unos pasos, ya está perfectamente colocado. Suena el teléfono: es tu mujer, hoy tampoco llegará a la cena; no importa, estás acostumbrado a cenar solo. Vas a la cocina, abres una lata de cerveza, agarras el periódico como sólo un periódico puede agarrarse: con una mezcla de desdén y decisión. Miras la fecha: 7 de febrero de 2018. Lees los titulares. Vuelves a dejar el periódico sobre la mesa. Abres la nevera, miras. Cierras la nevera. Andas por el piso de una habitación a otra; todavía no te has acostumbrado a esta casa nueva, que huele a pintura. Te buscas en los espejos. Te observas con severidad el rostro cansado de un cuarentón que aún no ha hecho nada por arreglar su biografía. Terminas la cerveza. Vuelves al sofá que te regaló Silvia. El sueño empieza a pesar. Te vas a la cama. Mientras te pones el pijama el teléfono vuelve a sonar. Cariño, soy yo, no me esperes levantado, llegaré tarde. Otra vez tu mujer. Te metes en la cama y tienes un sueño intermitente; una de las veces que despiertas sientes el cuerpo de tu mujer junto al tuyo. Amanece.

No importa qué es lo que está bien y qué es lo que está mal. Importa lo que en tu cabeza sucede cuando algo que debería estar bien se dibuja malvadamente, o cuando algo que está mal empieza a tener visos de cierta bondad. A los cuarenta años no hay certezas, sólo una colección de renuncias y un número indeterminado de incógnitas. Lo que con veinte años se reivindica con cuarenta se sufre. No quisiste tener hijos y eso te costó una separación (Silvia); ahora te preguntas qué hubiera sido de tu vida si en vez de ¿disfrutar de? tanto tiempo libre tuvieses que atender a un adolescente que andaría ya por los quince años. Echas de menos no haber tomado la decisión contraria. Las tardes se están volviendo insoportables. ¿Y si cambias de trabajo? La administración pública parecía la panacea cuando con treinta años estudiabas una oposición que pensabas te resolvería la vida. La vida no tiene solución y, si la tiene, ya sabes que al menos no está en un examen para entrar al cuerpo de administrativos del ayuntamiento. Te sientas en el sofá de cuero y observas tu pequeña biblioteca. Hay un volumen que sobresale ligeramente de la línea marcada por el resto; hace unos días lo empezaste a leer: recuerdas vagamente el nombre del protagonista, un panadero francés. Sacas de la estantería el libro y empiezas a leerlo: se trata de una novelita escrita en primera persona; la protagonista no dice su nombre hasta la página once: se llama Helen, vive en Brighton, dice que nació en mil novecientos treinta y seis. Cierras el libro y observas la portada. Recuerdas -eso crees- que el protagonista era un hombre francés y que la acción transcurría en el siglo diecinueve; recuerdas también que te pareció aburrido. Qué extraño, te dices. Quizá me confundí de libro, te dices. Pero no puede ser; el libro (pequeño, usado, con las esquinas ligeramente dobladas) es el mismo que hace tres días empezaste a leer, el mismo que no sabes si te pertenece. Da igual. Lo vuelves a dejar en la repisa de la biblioteca y lo colocas perfectamente alineado con el resto. Suena el teléfono. Tu mujer vuelve a decirte que no llegará para la cena. Es habitual que tu mujer no venga a cenar entre semana, su trabajo no tiene horarios. Desde que la nombraron responsable de departamento su vida se limita a escribir informes y a hacer reuniones fuera del horario laboral que duran de tres a cuatro horas; después, se toma alguna copa con el resto de responsables de área que dirigen la empresa. Todos ellos se ven a sí mismos como capitanes de un buque fantasma que ha de llegar a puerto. Nunca avistan tierra. ¿Y si ella…? No, te parece ridículo incluso llegar a pensarlo, pero ¿y si ella en realidad…? No, no puede ser. De un salto te incorporas. Sonríes. El peor enemigo del hombre es el aburrimiento. Vas a la cocina y abres una lata de cerveza. Te buscas en los espejos. Últimamente te observas demasiado, te masturbas demasiado, bebes demasiada cerveza. Vives como un adolescente. Vuelves a acostarte solo y sin cenar. Cuando sientes -de madrugada- el cuerpo de tu mujer junto al tuyo, tienes la tentación de despertarla, pero no lo haces. Amanece.

Ahí está otra vez el pequeño libro ligeramente adelantado respecto al resto. Quizá tu mujer también lo está leyendo, o quizá el hombre que viene los miércoles a limpiar la casa lo deja siempre mal colocado. Lo coges con los dedos índice y pulgar; observas la portada, un kanji cuyo significado ignoras, enmarcado en un recuadro rojo. Empiezas a leerlo de nuevo: el protagonista -Minoru- es un samurai, la acción sucede en el Japón feudal. ¿Qué clase de broma es ésta?, te preguntas. Por segunda vez tienes la sensación de que el libro empezaba de otra forma; otro era su protagonista, otra su historia. Lo cierras, compruebas que se trata del libro pequeño, con el lomo gastado y las esquinas dobladas. ¿Me estaré volviendo loco?, te dices. Piensas que quizá has soñado con el libro pero nunca lo has empezado a leer realmente. Llamas por teléfono a tu mujer. ¿Clara? Oye: ¿es tuyo un libro pequeño que tiene en la portada un símbolo japonés? Tu mujer te contesta que si no puedes preguntárselo cuando llegue a casa, que ahora está muy ocupada, pero que no, que no le suena, y que no la esperes para cenar, que hoy jueves llegará más tarde de lo habitual. Cuelgas el teléfono, te acercas al sofá de cuero, coges el libro, lo devuelves a la biblioteca (esta vez sin alinearlo con el resto) y te vas a la cocina para abrir una cerveza. Te bebes la cerveza en cuatro tragos y abres otra. Recuerdas que ayer llamó Manolo para proponerte una salida un día de éstos. Le llamas por teléfono pero no te contesta. Dejas un recado en el contestador: Manolo, soy yo, etc. Enciendes el televisor y ves a un juez explicando la relación entre la culpa y la locura. Te quedas dormido en el sofá de cuero. A las cuatro de la mañana tu mujer te despierta. Hueles a alcohol, cariño, le dices. El olor dulce de su colonia se confunde con el hedor del whisky. Siempre te ha gustado esa mezcla. Tu mujer se desnuda frente a ti. Folláis en silencio, en el sofá de cuero; el programa de venta por teléfono persiste inútilmente en el televisor. Después os vais a la cama y te quedas dormido. Amanece.

Hoy no has ido a trabajar. Te han dado una baja por un par de días. Después de pasar la mañana entera holgazaneando has decidido salir a dar un paseo. Compras el periódico y lees en la portada algo acerca de una guerra que sucede lejos. Todas las guerras suceden lejos o han sucedido hace años. Vuelves a casa pensando en el libro. Ya no es un pequeño libro, sino el libro, sin más. Esperas encontrarlo descolocado, como lo dejaste ayer. Cuando llegas al salón y miras la biblioteca sientes una náusea dulce que recorre tus tripas hasta instalarse en la garganta: el libro está perfectamente alineado con el resto de volúmenes. Lo agarras con la respiración agitada y empiezas a leer: el protagonista es un soldado alemán -Klaus- que empieza la novela desertando en plena segunda guerra mundial. Vuelves a dejar el libro en la página veinte. Piensas qué sucedería si continuaras leyendo durante una hora, o al menos hasta el final del primer capítulo. No lo haces; por el momento prefieres repasar mentalmente las historias ya leídas, los argumentos que, después de diez o quince páginas, apenas han empezado a desovillarse y todavía conservan intacta toda su potencia; es difícil sentirse decepcionado por un libro en la página veinte. Reconoces, no sin sentirte ridículo, cierta tranquilidad idiota que te provoca intuir -¿intuir?- que, cuando mañana vuelvas a tomar el mismo libro de la estantería, la historia que empezarás a leer será completamente diferente a la que acabas de abandonar ahora. Te sorprende la facilidad con que establecemos relaciones de causalidad, sobre todo cuando intervienen en nuestra vida actos aparentemente inexplicables. Por lo demás, no estás muy preocupado. Vas a la cocina. Pones en el fuego un cazo con una medida de agua y otra de leche. Sin sal. Sacas de la nevera un paquete de salchichas. Quedan cuatro: suficiente. En otro fuego calientas aceite. En la despensa hay una caja de cartón con cuatro bolsas de puré de patata. Buscas unas tijeras en un cajón; no las encuentras. Abres una de las bolsas con un cuchillo; el corte es demasiado irregular, demasiado largo, y se derraman algunos copos. Justo entonces te das cuenta de que había otra bolsa abierta. No importa. La mezcla de agua y leche está a punto de hervir. Espolvoreas sin poder evitar que se formen grumos. Otra vez te va a quedar espeso. Miras en la nevera; se ha acabado la mantequilla. De hecho, solamente quedan cervezas, leche y varios paquetes de salchichas. De la sartén del otro fuego empieza a salir humo.

Martes por la noche. Tu mujer ha vuelto a llamarte: vas a cenar solo otra vez. No importa. Estás sentado en el sofá de cuero que te regaló Silvia. Abres el libro y lees lo siguiente: «Es el gallo símbolo de los prelados de la Iglesia y de los predicadores con cuya doctrina se han de reducir los malos y distraídos; y los que no los quisieren oír serán semejantes a los sibaritas, gente holgazana y viciosa que, habiendo desterrado de su república las artes mecánicas y todo lo que no fuese placer, descanso y vicio, desterraron también los gallos, matando los que tenían y no admitiendo los de fuera porque no los inquietasen ni les interrumpiesen el sueño». No entiendes nada. Han pasado dos semanas. Has abierto y cerrado el libro catorce veces; la historia que se contaba allí era diferente cada una de ellas. Recuerdas al menos la de un pianista polaco con un solo brazo que aparece misteriosamente asesinado en su apartamento; la de una pareja de bailarines que intervienen en el montaje de una versión de El sueño de una noche de verano que es a un tiempo ballet y película pornográfica; la de un boxeador que pierde todos sus combates sin besar ni una sola vez la lona; la de una estudiante griega de Historia del Arte que emprende un viaje por Europa y funda una sociedad secreta. También ha habido ensayos, poemas, obras de teatro. No entiendes nada, pero hace ya tiempo que no crees que tu mujer o el hombre que viene los miércoles a limpiar la casa o una presencia extraña e invisible tengan como objetivo torturarte o volverte loco y estén descolocando tu biblioteca. No entiendes nada, pero intuyes que, suceda lo que suceda, no será para tu mal. Has dejado de afeitarte, has dejado de comprar el periódico, continúas de baja. Te encuentras en un estado de serena indolencia.

Hace frío en tu casa. Al igual que el ser humano solamente inspira por una fosa nasal, que va alternándose con la otra, supones que para dar descanso o ahorrar energía, a intervalos más o menos regulares, el frío nunca te inmoviliza simultáneamente las dos manos. Mientras tecleas en el ordenador, con seis dedos largos, huesudos y llenos de vello, es siempre la derecha la que se te queda fría; el índice, que hace ya mucho tiempo asumió las funciones dignas de cualquiera de los dos pulgares y ahora se encarga de presionar la barra espaciadora, es el responsable involuntario de que toda la mano termine doblándose, encogiéndose, dejándose envolver por la izquierda, que ya alcanza los dominios de la y, de la h. Sin embargo, durante la comida, la mano derecha recupera su calor y, como un parásito, arrebata temperatura a la izquierda, privada de tenedor y relegada entonces al papel de mero apoyo para el pan. Igual que una mano amenazante, el libro negro ha arrebatado a todos los demás elementos de la casa su importancia; conservan su espacio, pero no su presencia. Ya ni sabes que los tienes. Vas al cuarto de baño. Miras alrededor: siempre te asombra que sea tan pequeño. Encima del lavabo hay una pastilla de jabón y un alargado cepillo de dientes que parece a punto de tumbar el vaso de plástico que lo custodia. Te miras en el espejo, procurando poner la mirada más triste posible; esperabas compadecerte de ti mismo, pero descubres, con sorpresa, que no es así. Te diriges al dormitorio con un rollo de papel higiénico en la mano izquierda. Te pones el pijama y te cubres con el edredón. Entre las sábanas descubres el teléfono inalámbrico; debiste de olvidarlo allí anoche. Marcas con la mano derecha el número de tu mujer; mientras se suceden los tonos, te soplas en la palma de la izquierda, ahora aterida de frío. Tu mujer descuelga al sexto tono. Te pregunta si te apetece salir a cenar fuera; no tardará en llegar. Miras el reloj: las diez y media. Por un momento piensas decirle que ya has cenado, pero al fin aceptas la propuesta. Cuando ella cuelga, tú todavía sigues un buen rato soplándote la mano, pero el frío no se marcha. Te quedas dormido.

Hasta ahora, solamente realizas la operación una vez al día: te sientas en el sofá de cuero que te regaló Silvia, alcanzas torpemente el volumen que sobresale, comienzas a leer; compruebas, satisfecho e impasible, como quien resuelve una ecuación trivial, que todo cuanto allí aparece es completamente nuevo para ti; abandonas la lectura al llegar a la página veinte, sin curiosear jamás qué sucederá después, en el capítulo siguiente o al final del libro; sacas dos cervezas de la nevera y te las bebes sucesivamente, sin apenas transición de una a otra. Algunas historias te seducen, incluso te apasionan; en otras ocasiones, mantener la disciplina lectora, aun por tan corto espacio, supone un esfuerzo inmenso. En todos los casos, la página veinte es el muro que no te permites franquear. Ahora empiezas a hacer cálculos: una vez al día significa trescientas sesenta y cinco historias al año, tres mil seiscientas cincuenta a los diez años, etcétera. Si consultaras el libro dos veces al día, se doblaría el resultado y tendrías muchas más historias, muchos más comienzos. ¿Y si lo cuadruplicaras? ¿Y si lo multiplicaras por diez? Empiezas a pensar -es casi inevitable hacerlo- que tal vez el libro negro contenga un número infinito de historias, o al menos tan numeroso como para suponer que, en un momento dado, tu propia vida acabará emergiendo de allí. Ya adivinas las bolsas en los ojos del protagonista; el pelo descuidado, el mal aliento, la boca torcida, la mueca permanente. ¿Pero cómo estar seguro de que al alterar alguno de los aspectos que constituyen el rito lector -hora, lugar, etc.- no se romperá el encantamiento? Decides, más bien, mantener el ritmo actual, por miedo a perder el único momento del día que esperas con impaciencia. El resto de la jornada lo pasas en la cama o viendo la televisión. Sigues de baja. Llamas por teléfono a tu mujer, o quizá te llama ella. En la mesa del salón se amontonan tus camisas limpias y arrugadas; todavía no es miércoles. Se está acabando la leche y temes que pronto llegará el momento de salir a hacer la compra.

Un libro mil libros. ¿Era eso? Un libro que puede ser cualquier libro a la vez; un libro que invariablemente dejas inacabado y que, por ello, no podría desilusionarte nunca. Te preguntas qué sucedería si dejaras de leerlo hoy mismo, si a partir de hoy no volvieras a abrirlo jamás. Te preguntas, también, qué habría sucedido si nunca lo hubieras abierto. Probablemente la respuesta sea la misma en ambos casos: nada. Tu vida sería diferente si hubieses tenido un hijo con Silvia; tu vida sería diferente si no os hubierais separado. Sin embargo, tu vida no sería diferente si nunca hubieras abierto ese libro. Desde hace más de una semana, la sensación maravillada al encontrar cada vez un texto diferente ha sido sustituida por otra de simple alivio cuando constatas que todo sigue siendo como debería ser. En este momento, eres consciente de que la lectura se ha convertido, también, en uno de los cada vez más numerosos momentos de rutina que apuntalan tu vida. Decides que dejarás de leer el libro cualquier día de éstos, sin prisa. Vas al cuarto de baño y devuelves a su lugar el rollo de papel higiénico. Después entras en la cocina. Cambias una bombilla que llevaba fundida dos semanas. En el fregadero hay un plato, un vaso y un tenedor: los mismos que llevas enjuagando tres semanas antes de cada puré de patata con salchichas. Me va a dar el escorbuto o algo, dices en voz alta, y no puedes evitar la carcajada. Regresas al cuarto de baño y te miras en el espejo. Tienes los dientes amarillos, las muelas cariadas. Tengo que cambiar el cepillo, piensas. Entras en el salón. Pequeño, con el lomo gastado y las esquinas de las páginas dobladas, el libro sobresale ligeramente de la línea que marcan los demás, como si diera un paso al frente. Llamas por teléfono a tu mujer. Pero no lo coge.

Serigrafía
Ángel Mateo Charris
Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Ángel Mateo Charris puso imagen a nuestra Cosecha eñe 2008 con esta serigrafía en papel Zerkall-Büttem de 250 gramos.

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