(1ª parte. Madrid): Como debo de tener fama de puñetero, ayer recibí un correo-e de Toño Angulo en el que se curaba en salud dejándome claros los términos del encargo: mi diario irá del 1 de agosto al 4 de noviembre, su extensión será de 3800 a 4000 palabras, me pagarán lo estipulado (poco: la cantidad exacta es la primera autocensura a la que me someto), deberé entregar el texto puntualmente y enviar factura, abrazote.
(2ª parte. Newark): Ahora son las 22:20 hora local (las 04:20 del día de mañana «para mi cuerpo», que es como designa Teresa Bordón al trastorno que produce la brecha horaria del jetlag). Estoy aquí ahora, seis horas más joven (pero más cansado) de la edad que tendría en Madrid. Una sensación que por algún motivo me recuerda lo que sucede cuando envías al periódico tu opinión de hoy y la ves publicada mañana, en otro hoy en el que ya no eres el mismo de ayer y quizás ni siquiera pienses igual, y lo que algunos leen como tuyo (suponiendo que haya alguien al otro lado, siempre un enigma) sea ya sólo impostura o antigüedad prehistórica y no te atreverías a firmarlo. No sigamos por aquí: apesta. Por lo demás: de nuevo estoy varado en medio de ninguna parte. En los doce o trece años que hace que vengo viajando en verano a Middlebury College (Vermont), habré dormido cuatro o cinco veces en alguno de los sórdidos motels cercanos al aeropuerto de Newark, rebautizado pomposamente, tras el 11-S, Newark Liberty International Airport, tal vez para hacer olvidar el hecho de que de sus pistas despegó el vuelo 93 de la United que iba a ser secuestrado por cuatro terroristas en nombre de un dios clemente y misericordioso (como todos), y que acabó estrellado en un campo de Pennsylvania, antes de que pudiera hacerlo en la Casa Blanca o en el Capitolio. Continental, que es la compañía con la que suelo viajar (quizás esta vez escarmiente, quizás ya nunca vuelva a hacerlo), subcontrata la parte doméstica del trayecto (desde Newark hasta Burlington, Vermont) a otra local cuyos vuelos son sistemáticamente cancelados cuando los meteoros son adversos. En esta época del año suelen serlo. Y a los fatigados viajeros se les escamotea un vuelo tras otro hasta que ya no quedan más. Entonces los empleados de la compañía se los quitan de encima enviándolos a dormir hasta mañana a un Holyday Inn o a un Sheraton o a un Days Inn o a un Best Western o a un Marriott. Normalmente la aerolínea se hace cargo de la estancia y alguien le entrega al damnificado un vale para que se tome un tentempié (suelo inclinarme por una hamburguesa). Pero, «debido a la crisis», este año el viajero debe elegir entre dormir en una butaca del aeropuerto o pagarse el alojamiento de su bolsillo. Desde la ventana de la habitación del motel en el que me hallo se obtienen amplias vistas de una docena de enormes tanques de queroseno y del yermo estéril y miserable que los rodea. Bartleby, frente a cuya ventana sólo había una pared de ladrillos, no me envidiaría. Mientras escribo esto escucho en la tele de mil canales la voz nasal y desopilante de Lucille Ball en una vieja película de la serie Te quiero, Lucy. Rejuvenezco, supongo.
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