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Número 20. Invierno 2009
Aparición de Teresa
Andrés Barba

Primero por el pasillo, a gatas. Luego Teresa haciendo la trompeta, el calor del suelo en las manos, los leotardos arrugados en los tobillos, el nerviosismo. Se los sentía ya a todos en el comedor desde la puerta; las tías, los primos que se reirían para humillar, igual que se sentía la mancha en el vestido de la cena de Nochevieja, se los sentía una semana antes de que llegaran en el nerviosismo, porque el nerviosismo era el sentimiento elástico que ocupaba todas las fiestas de Navidad. Nerviosismo de los regalos aterradoramente concretos bajo los papeles, de las llamadas telefónicas, del tedio de las películas de después de comer, los cuatro sentados. La casa misma se hacía espaciosa en la anticipación, como un envoltorio, la casa misma era regalo.

La calle, sin embargo, vista desde el cristal, poseía una lentitud insospechada. Lentitud de Navidad que Teresa observaba desde la ventana de su habitación haciendo vaho en el cristal y escribiendo su nombre teresay una nube encima, o un sol, o una flor; Teresa siempre dibujaba una flor, y siempre la dibujaba igual: una margarita con una hoja en tallo («las hojas es lo que hago bien») y firmaba teresacon letras empecinadamente redondas en las que la última «a» se alargaba en un trazo que subrayaba el nombre completo y tras el cual dibujaba un lápiz («los lápices también los pinto bien») que luego enseñaba orgullosa.

Siempre era igual la Nochevieja. Nochevieja de los otros, siempre Nochevieja de los otros. Nochevieja en las manos de Teresa preparando la actuación.

«¿Por qué tenemos que hacer siempre nosotras la actuación?»

Y tú:

«Porque sí, porque es nuestra casa, porque son ellos los que vienen a nuestra casa.»

«Claro.»

Cuando lo entendía, Teresa achinaba los ojos y ya no volvía a preguntar nada más que cómo lo hago, ayúdame, Marina, este año no hacemos el número del aviador, este año qué hacemos, Marina, tres años ya que hacemos siempre el número del aviador, se lo saben todos de memoria.

Y tú:

«Apréndete esto, luego te lo pregunto.»

«No puedo, es larguísimo.»

Y tú:

«Sí que puedes.»

«Pero la trompeta la hacemos.»

«Sí, la hacemos.»

Y era una crueldad, pero Teresa se encerró en el cuarto de baño. Si se pegaba la oreja a la puerta se oía «La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color», y te la imaginabas subida al bidé, mirándose en el espejo; «La princesa está pálida en su silla de oro, está mudo el teclado de su clave sonoro; y en un vaso olvidada se desmaya una flor», esto te lo saltas que da lo mismo, y era el descanso de cruzar la estrofa completa con una equis, de escribir no, al lado, fuera.

«¿Qué es un nelumbo?»

«Ni idea.»

Siempre, el runrún de la voz de Teresa en la noche tras la puerta del cuarto de baño hace tres años, «Ay la pobre princesa de la boca de rosa quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, tener alas ligeras, bajo el cielo volar», y cuando llegaba a la habitación ni siquiera la veías, la cama estaba caliente a tu lado, ella había deshecho el suyo antes de acostarse, pero no la veías. Respirabas, sí, su olor. Olor de niña rubia, de hermana rubia y cursi, presumía no se sabía de qué y te adoraba sin remedio porque tú eras mayor en la impaciencia de las charlas triviales, porque organizabas los juegos, porque tú, subida a una silla del cuarto de estar, llegabas al altillo donde estaban los antiguos vestidos de mamá, porque habías hecho ya la primera comunión. Ella te miraba y era tan tierna. Tú deseabas destruirla precisamente porque no sabías qué hacer con su amor.

«Me lo sé, Marina, me lo he aprendido casi entero.»

La muerte estaba ya en todas partes; en las estanterías, en los muñecos, en el pijama con los aros olímpicos que decía Sports, en las bolsas de ropa vieja para la parroquia que ahora te daba pena regalar y que acariciabas pensando que acabaría llevando otra niña igual que tú, pero pobre, exacta a ti en todo menos en el dinero, tu misma cara, tus mismos brazos. Teresa no pensaba en esas cosas. Teresa era rubia. Dolor de lo rubio. Odio de lo rubio. Todo en Teresa era rubio. «Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata, ni los cisnes unánimes en el lago de azur.»

«Será de azul.»

«No, de azur, es distinto.»

«¿Qué es?»

La insistencia en que tú lo sabías todo te irritaba casi más que la cursilería, y sin embargo no se alejaba de ti, se quedaba, cuerpo rubio de Teresa que hacía firmas en el vaho de los cristales, firmas en los cuadernos, en los libros, abrías cualquiera y ya estaba allí, antes de ti aunque tú fueses mayor, teresa, la letra redonda, el subrayado que nacía en la última «a» como un arroyo, el lápiz dibujado al final de la firma, cuerpo pequeño, «Y están tristes las flores por la flor de la corte, los jazmines de oriente, los nelumbos del Norte, de Occidente las dalias y las rosas del Sur».

«¿Te lo digo otra vez?»

«No, déjame en paz un poco.»

Habías abierto un tomate y habías ensuciado su camiseta en el tendedero, la del lacito, la que le gustaba, asustándote de ti misma habías abierto un tomate, le habías dado un mordisco y habías caminado hasta el tendedero del cuarto de baño, la simple idea ya te hacía daño de antemano y cuando cerraste la puerta, te encontraste sola frente a tu miedo de doce años, sola frente a la camiseta que más le gustaba a Teresa y que estaba allí, colgada como una doble piel, junto a las tuyas, camiseta que Teresa querría ponerse en cuanto estuviera planchada en el cajón del armario. Te irritaba tal vez la facilidad con la que Teresa era en la alegría a la que tú llegabas sólo después de un penoso esfuerzo. Ensuciaste su camiseta con el tomate.

«Me lo sé, Marina, pregúntamelo entero.»

Y tú:

«Me da igual, niñata.»

«¡Pobrecita princesa de los ojos azules! Está presa en sus oros, está presa en sus tules, en la jaula de mármol del palacio real, el palacio soberbio que vigilan los guardas, que custodian cien negros con sus cien alabardas, un lebrel que no duerme y un dragón colosal», lo decía bien y sin embargo no conseguías prestar atención, se filtraba el poema por las grietas como un veneno lento, antes de que acabarais de comer ya estaba Teresa con sus fotocopias porque quería hacerlo bien para agradarte, y de pronto sentías lástima por ella. También existían aquellas calmas. En Navidad, sobre todo.

«Lo haces bien.»

Y ella:

«Gracias.»

En el camino de regreso a su cuarto, la veías como un cachorro pequeño y rubio que te sería fiel le hicieras lo que le hicieras, y eso te hacía amarla a tu manera, aquél era el centro de gravedad, apoyada en él nada caería. De pronto deseabas enseñarle cosas, dejarle la bufanda («me la manchas o me la pierdes y te mato»), de pronto no te importaba darle la mano, la mano a Teresa no era una humillación sino algo que nacía de ti, tan instintivamente como el rencor, y recuerdas que el deseo de protegerla te hacía leve.

Por eso, cuando se descubrió la camiseta sucia de tomate, la humillación fue doblemente dolorosa. Tú habías olvidado ya tu falta, habías cruzado ya por su territorio y la habías afincado en el pasado, la habías vencido ya, la Marina enloquecida que había manchado la camiseta de Teresa no existía, pero tu falta, a diferencia de tu experiencia de ella, vivía en un presente continuo fuera de ti, señalándote.

«¿Por qué has hecho eso, Marina?»

«No sé.»

La voz de tu padre:

«Tienes que querer a tu hermana.»

Qué largo el camino a la proximidad de esa muerte que se acercaba sobre los muñecos, qué larga la tarde de Navidad, las dos solas en la habitación, quién podría explicar por qué de nuevo volvía el odio, la mano de Teresa dócilmente apoyada sobre los papeles, absurdamente creía que la querrías más si se aprendía el poema.

Ya estaba muerta. ¿Estaba ya muerta? No, vivía. ¿Qué era entonces? ¿Qué eras tú entonces? «Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—, en caballo con alas hacia acá se encamina, en el cinto la espada y en la mano el azor, el feliz caballero que te adora sin verte, y que llega de lejos, vencedor de la muerte, a encenderte los labios con su beso de amor.» No huyas, no te evadas. ¿Qué eras tú entonces? Marina, di.

«Lo vas a hacer fatal.»

«No, me lo aprendo, ya lo verás, Marina, me lo aprendo.»

«Lo vas a hacer de culo.»

Eras el miedo de los muñecos de porcelana que te regaló tu abuela en el anterior cumpleaños, la vergüenza de los primos en la cena de Nochevieja anticipada en la inquietud, la oscuridad de la puerta que quedaba junto al tendedero que deseabas abrir y no podías. Otras veces eras tú quien la buscaba por la casa, asombrada de tu poder. Le preguntabas si quería jugar y la respuesta inmediata era sí, sí, sí. En la afirmación pura de sentirse buscada, Teresa reaccionaba siempre con un sí, tratando casi de besarte, ¿por qué no tratabas tú de besarla a ella? Porque no podías.

Luego sí. Luego pudiste. Cuando estaba muerta. Te acercaste a ella en la sala del tanatorio, cuando os dejaron pasar, metida ya en su ataúd, tapado el lado izquierdo de la cara porque había quedado dañado, sólo se veía el derecho, y tenías la sensación de que iba a saltar todavía, de que iba a levantarse, «Pobrecita princesa de los ojos azules, está presa en sus oros, está presa en sus tules», parecía que iba a levantarse, que te iba a coger de la mano, («¿te lo digo otra vez?») y no se levantaba, la muerte era eso: la irritante sensación de que Teresa estaba a punto de levantarse y no se levantaba.

«Levántate», dijiste.

Y tu padre:

«¿Qué dices, Marina?»

Teresa se alzaba con su conquista; Tú. Tú por fin conmovida, por fin queriéndola.

Y tu madre:

«Dale un beso, Marina.»

El frío se te quedó en los labios. Frío de Teresa. Frío de lo rubio. Frío de la frente rubia.

«Levántate.»

«¿Pero qué estás diciendo, Marina?»

«Nada.»

Te tropezabas con el frío como un creyente con sus creencias, frío en los labios, en la habitación intolerablemente blanca en la que la habían dejado, y no podías hacerte entender, si alguien te preguntaba cómo estabas, pensabas: «Ay la pobre princesa de la boca de rosa, quiere ser golondrina, quiere ser mariposa», decías:

«Bien.»

«¿Seguro?»

«Seguro. Voy al baño un momento.»

«No tardes.»

Podrías describir hasta el último rincón de aquel servicio del tanatorio. Los baldosines pequeños. Un cigarrillo manchado de carmín. El retrete. El higiénico para las compresas. Sentada sobre el suelo tratabas de comprender el enigma de ese frío.

En casa todo había cambiado. En aquellas tardes en las que la tristeza del invierno llenaba de oscuridad inmediatamente la casa vacía, llegaba de la cocina un tintineo de cacharros que no disimulaban su exagerada lentitud, te esperaban antes, te solicitaban, casi no salías de tu cuarto por temor al abrazo, que sentías con miedo, como si de todo tu cuerpo emanara la culpabilidad como un olor pestilente, te parecía que los otros entendían algo de ti que luego no querían confesarte pero que tu rostro desvelaba, que no la habías querido, que no habías querido a Teresa. Límpido como un neón brillaba aquel pensamiento y cuando te quedabas sola con tus padres bastaba que dijeran su nombre para que lloraras. Mirabas a lo alto, a la lámpara quizá, se quedaba tu padre en la puerta, tu madre se inclinaba sobre ti.

«La echo de menos», decías, y en un instante era cierto ese pensamiento y asombraba la contundencia de aquellas palabras, parecían no haber sido pronunciadas antes con verdad, no haber ni siquiera existido, te emocionaba su rotundidad y las repetías.

Ahora te veía.

«Ahora nos ve», dijo la abuela.

Ahora me ves, pensabas. Obsesión de aquel pensamiento retráctil como el lomo de un animal encogido sobre sí mismo. Ahora me ves. Si me miro en el espejo me ves. Si estoy desnuda me ves. Si camino por la calle me ves. Ves lo que pienso y la que he sido y lo que he pensado y la que seré dentro de nada. Ves mis juegos. Ves mi tristeza. «Te quiero», decías. Y sabías que ese pensamiento era leído por Teresa de inmediato, al mismo tiempo que lo pronunciabas y llorabas, como si ahora tuvieras que mentir a Teresa a través del pensamiento. En la calle llovía, nevaba, soplaba el viento, dentro de la casa tu padre se había quedado dormido leyendo un libro en el cuarto de estar con la boca abierta (no dormía por las noches) y tú le mirabas como Teresa te miraba a ti, sin que él lo supiese.

Ahora me ves, Teresa. La vida era ese instante incontable de la mirada de Teresa sobre ti, más allá, mucho más allá que el acontecer ridículo de las cosas que hacías desde que te levantabas hasta que volvías a acostarte. Presentías que estabas a punto de ver con claridad, que se iba a rasgar un velo que te iba a permitir ver por fin, pero cuanto más creías ver, mayor era tu arrogancia sobre las otras muchachas. Luego, en el colegio:

«¿Cómo estás, Marina?»

Y tú, invariablemente:

«Mal.»

Te parecía que el dolor te había revestido como una capa dorada. Este dolor que te hacía respetable al mismo tiempo que te alejaba de las demás. Habías sido revestida como reina de la tragedia; ahora se apartaban a tu paso. Hasta las que te ayudaban, las que te llamaban por teléfono casi a diario, las que te invitaban a sus fiestas de cumpleaños. Ésas, tal vez más que nadie, se apartaban a tu paso. No sabían qué hacer con tu dolor. Lo espiaban. Lo analizaban. Lo compadecían. Lo temían. Les dabas miedo. Ahora eras la niña cuya hermana había muerto en un accidente.

Todas tenían curiosidad y aún tardaron en atreverse a preguntártelo. Cuando lo hicieron, inmediatamente se formó un pequeño corro en torno a ti, las más amigas. Conocías sus gestos y sus casas. Querían saber, porque tú habías visto. Qué dolor repetido y repetido de la palabra ver. Una de ellas movía un pie a intervalos rítmicos arañando la arena del patio. Pensabas: «Qué tensa está». Te parecía que una ola caliente inundaba sus cerebros y contagiaba al tuyo, pero las palabras se habían alejado de los cuerpos sin dejar rastro. Tú habías visto y ellas no.

Acercarse al accidente era como hacerlo a una burbuja enorme de cristal a través de la cual podías mirar, pero no penetrar en ella. Luego en casa, ya en la habitación, junto a las cosas de Teresa, esa burbuja se hacía todavía más transparente. Las mismas cosas de Teresa; los lápices, la mesa, las camisetas (¡las camisetas!) aprobaban la prohibición de pensar en aquel día, creaban con sus pequeñas voces materiales un parapeto tras el cual aquel día, aquel momento, aquel segundo mismo del accidente quedaba encerrado y superpuesto al antes y el después, ya ni siquiera estabas segura de haberlo visto, de haber estado allí. Lo veías (pero no lo veías en realidad), veías las once y veinte de la mañana del día 28 de diciembre como un agujero negro, algo neutro y devorador, enraizado en el centro, un hueco diabólico que no podía ser pensado ni descrito, sino sólo temido.

«No cierres la puerta de la habitación.»

Era...

«No cierres, te digo, que no puedo dormir si cierras.»

… la seguridad de que tú misma estabas en el centro de ese agujero, en el centro exacto, sostenida en el aire, milagrosamente no devorada por él, que tu madre te había dicho que le dieras la mano y que tú no quisiste.

Serigrafía
Carlos García-Alix

Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Carlos García-Alix puso imagen a nuestra Cosecha Eñe 2009 con esta serigrafía firmada y numerada.



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