Nactrufa. Aunque no haya indicios acerca de su género, siempre nos referimos a ellas como si fuesen hembras. Quizá porque hay algo de femenino en la languidez con que se tienden al sol a la hora de la siesta y en el modo en que se lamen unas a otras los cuerpos.
Modo de reproducción. Nunca las vimos aparearse ni sabemos de ninguna que haya presentado nunca síntomas de preñez. Sin embargo, el número de nactrufas aumenta a diario y la cosa ha seguido así aun después de que apartáramos a dos de los peones de quienes desconfiábamos. Me temo que haberlos confinado al aislamiento en las jaulas del jardín de invierno fue una injusticia, pero es demasiado tarde para repararla: dado el estado de enajenación en el que se encuentran, si los soltamos y los echamos al campo, estarían merodeando las granjas vecinas comportando un grave peligro no sólo para las reses y los demás peones, sino también para las personas que viven en ellas. A la hora de rendir cuentas, creo que Dios y los hombres sabrán comprender nuestras razones.
Hábitos. Excepto el de tomar larguísimos baños de sol, no hemos registrado otros hábitos en las nactrufas cuyo ciclo vital parece sumirse en una completa anarquía. A veces, pasan días enteros sin probar bocado, o escondiéndose en las ramas más altas de los árboles, o cavando cuevas como si fuesen conejos. Todos los días salen con algo nuevo. Son, desde todo punto de vista, impredecibles y sus caprichos nos exasperan.
(Nota. Rogelio está cada día más enfermo. Cuando las nactrufas deciden chocar antenas, saturando el aire con sus bisbiseos infernales, Rogelio embiste las paredes con el cuerpo. De seguir así nos veremos obligados a amarrarlo al olmo, cerca del gallinero. Desgraciadamente, sólo contamos con las dos jaulas ocupadas por los peones y sería una crueldad imperdonable ponerlo a Rogelio con uno de ellos o a ellos dos juntos, pues terminarían por destrozarse.)
Paula y las nactrufas. Las nactrufas adoran a Paula. Es cierto que simpatizan con Suárez, el capataz, y que cuando les viene en gana dejan que cualquiera de nosotros les acaricie el cuello, pero por Paula sienten debilidad. Son capaces de olerla a kilómetros de distancia y cuando ella se ausenta para ver a sus hijos o hacer algún otro trámite en la ciudad, las nactrufas se vuelven insoportables y no sabemos qué hacer para calmarlas. [...]