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Número 20. Invierno 2009
La orilla
Rubén Ballestar Urbán

Tomás se sentó justo al borde del sofá, como si algo allí le fuera a morder, con el sobre entre las manos y un rictus amargo en su rostro enflaquecido. La carta había llegado hacía ya varios días y desde entonces había permanecido cerrada encima del televisor, entre un cedé de Tom Waits y una entrada no numerada del último concierto que Nacho Vegas había dado en la ciudad. Cada noche, mientras apuraba un último cigarrillo antes de ir a dormir, Tomás la observaba con recelo y el trozo de papel sellado parecía responderle con una mirada desafiante, como retándole a un juego en el que él no quería participar.

—La única forma de saber qué hay dentro —solía decirle Baby Cat Face cuando comprobaba que todavía no se había atrevido a tocarla— es que la abras de una vez.

Pero Tomás intuía que aquel pedazo de papel matasellado no podía guardar nada bueno en su interior. Durante sus últimos cinco años de estancia en Madrid no había recibido ninguna noticia de su familia y el hecho de que su madre eligiera ese preciso instante para entablar correspondencia con él le hizo sospechar que algo no marchaba según lo previsto en el hogar donde había nacido y de donde más tarde se vio obligado a escapar.

—¿Y si ha muerto alguien? ¿Y si ha sucedido algo terrible? —respondía él a la muchacha del rostro felino, justificando de alguna manera la pereza y el miedo que le producía plantar cara a ese objeto fabricado de tinta y celulosa.

—Si alguien ha fallecido, lo más probable es que ya no llegues al funeral —concluía ella tras sus ojos afilados y su mandíbula trazada a tiralíneas—. Y si algo espantoso ha sucedido en tu casa, lo menos que puedes hacer es enterarte cuanto antes y dejar que te salpique un poco de dolor.

En aquel momento, mientras introducía su dedo pulgar por la diminuta ranura del sobre y las primeras gotas de lluvia del otoño acariciaban la superficie pulida del cristal de la ventana, supo que al fin había llegado la hora de enfrentarse a sus fantasmas y conocer la verdad.

Tomás no era un hombre de mar, tampoco de tierra, sino de orillas: la orilla desde el mar, el mar desde la orilla, y lo gris. Todos sus antepasados habían vivido en Gijón y todos ellos habían dedicado su existencia al oficio de pescar, todos se fueron oxidando a causa de la humedad insoportable del puerto y todos sufrieron ese mareo perpetuo que impone el contraste entre el vaivén de las embarcaciones y la estabilidad de tierra firme. De pequeño acostumbraba a acompañar a su padre en su motora durante alguna de sus breves travesías, pero entonces ya adivinaba que su futuro no tenía nada que ver con ese trabajo ni con ese lugar. [...]
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Serigrafía
Carlos García-Alix
Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Carlos García-Alix puso imagen a nuestra Cosecha Eñe 2009 con esta serigrafía firmada y numerada.

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