Son las cinco. El sol brilla entre las ramas de los árboles que delimitan la fábrica. Las hojas, mecidas por una suave brisa, centellean como lentejuelas. A las cinco y dos, la sirena se impone sobre el runrún de maquinaria y Lucas, con la chaqueta que llevó de madrugada doblada sobre el brazo, atraviesa el torno y avanza bajo los árboles hacia el aparcamiento de los ingenieros. Su Ford Fiesta le espera al fondo, entre volvos y mercedes. Lucas camina con desenfado, ligero e ingrávido como si en cualquier momento un soplo de aire se lo fuera a llevar volando. Su rostro, sin embargo, muestra una expresión de absoluta seriedad que mantiene incluso después de haber entrado en el coche. Ya en el interior comprueba por los retrovisores que no hay nadie cerca y saca el móvil del bolsillo. Marca el número de su esposa, pero no obtiene respuesta, lo que le extraña porque Sara nunca se aparta demasiado del teléfono. En cualquier caso, decide esperar a llegar a casa. Hay noticias que es mejor dar en persona.
El momento que precede al giro de la llave en el contacto siempre le encoge el corazón: ¿arrancará el viejo Forfi de segunda mano, o le dejará una vez más en la estacada? Nunca olvidará la ocasión en que tuvo que regresar al despacho y pedir a sus compañeros que le ayudaran a empujarlo unos metros hasta alcanzar la velocidad necesaria para ponerlo en marcha. Le pareció ver muchas sonrisas entonces. Era su primer mes y cuando por fin el escape dejó escapar una humareda azul y él marchó despidiéndose con la mano, supo que todos se quedarían allí un buen rato, riéndose del nuevo. Esta tarde, sin embargo, no le asusta que el coche se niegue a arrancar.
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