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Número 20. Invierno 2009
Los japoneses, los japoneses
Alejandra Costamagna

Vive con su hermana, está por cumplir los veinte años y ahora se va a morir. En principio tiene dos opciones: dejar que el cirujano corte y trate de componer las cosas o no hacer nada. Si no hace nada, lo más probable es que las células degeneradas la devoren tranquilamente en la sala del hospital. Y si deja que el cirujano opere tiene dos opciones: quedar bien o quedar mal. Cincuenta y cincuenta. Si queda mal tiene otras dos posibilidades: convertirse en planta o andar con una bolsita para todos lados, como esa gente que pasea al perro y va guardando las fecas de la mascota en su saquito. Sólo que ella sería simultáneamente el dueño y el perro, con la bolsita a cuestas todo el tiempo. Puros finales tristes y demasiado reales para alguien como Julieta, diecinueve años, hermana de Sara, aburrida de tragar esa agüita dulzona que le han dejado en el velador. Aburrida, sobre todo, de la cháchara de la propia hermana.

—Los japoneses viven doce horas antes que nosotros y eso los hace de por sí más despiertos —apuesta Sara, sentada en el banquito de visitas, bolso abrazado, lista para salir arrancando del hospital.

Quizás porque necesita trasladarse a otro hemisferio o porque es una manera indirecta de recordar al padre, la mujer se engolosina tanto con los japoneses, y ahora anuncia que están limitando el uso del aire acondicionado en las oficinas públicas: veintiséis grados de temperatura mínima en verano y veinte de máxima en invierno. El presidente de Japón, incluso, mandó a los hombres a no usar corbatas ni trajes en verano para evitar calores de sobra, jura Sara. Y Julieta supone que su hermana está inventando la historia. Y a ella qué le importa lo que hagan con el frío o el calor al otro lado del mundo: nunca vestirá kimonos ni caminará sin zapatos entre baldosas nacaradas como lo hizo quizás su propio padre en la última gira a Oriente. Nunca se acercará ni remotamente a Japón. Julieta no va a cumplir los veinte años y su hermana se va a quedar sola como una ramita de bambú.

—Que se mueran de calor —frena por fin el palabreo.

—¿Quiénes? —se desconcentra Sara.

—¡Los japoneses, los japoneses!

Y la hermana sana mira a la hermana enferma, postrada en esa cama de sábanas tiesas, como varitas curtidas las sábanas, con ganas de decirle calmada, hermana. Pero en realidad es ella, la sana, la que necesita esa tarde un golpe de calma. No es una mala persona, Sara. Se come las uñas, estornuda igual que un gato, anda dando las gracias todo el tiempo. Hasta cuando la ignoran dice oh, muchas gracias. Pero se le caldea el cerebro con tanta facilidad que saca los pensamientos en bruto y no se da cuenta.

[...]
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Serigrafía
Carlos García-Alix
Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Carlos García-Alix puso imagen a nuestra Cosecha Eñe 2009 con esta serigrafía firmada y numerada.

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